En la entrada de la semana pasada comentábamos la primera regla de la primera semana, que nos indica el modo como actúa el espíritu bueno y el malo en nuestro interior cuando estamos cerrados a Dios y a su vida. En esta segunda regla vamos a ver de qué modo actúan dichos espíritus cuando nos abrimos a la vida.
Te pedía entonces, y te pido ahora, que no leas esto como ideas, sino que contrastes lo que dice Ignacio con tu vida, para ver si reconoces estos movimientos de vida y de muerte en tu interior.
[315] 2ª regla. La segunda: en las personas que van intensamente purgando sus peccados, y en el servicio de Dios nuestro Señor de bien en mejor subiendo, es el contrario modo que en la primera regla; porque entonces propio es del mal espíritu morder, tristar y poner impedimentos inquietando con falsas razones, para que no pase adelante; y propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante.
En esta regla, el ser humano se encuentra en una actitud opuesta a la primera: la persona de la que ahora nos habla Ignacio no está alejada de Dios, sino que va creciendo en el bien, esto es, acercándose a Dios, deseando la relación y la cercanía con Él –o acercándose a todo lo que hable de amor, o de vida, como ya dijimos anteriormente-. En esta situación, del mismo modo que cuando nosotros estamos con una persona que está abierta y dispuesta a algo en relación a nosotr@s, la tratamos de modo diferente a cuando está cerrada y enfrentada, así también, con la persona que busca a Dios, el buen espíritu actúa de otro modo que el que usaba en la situación anterior, y el malo también. En este caso, el mal espíritu le pone dificultades para que no siga creciendo y avanzando hacia Dios, estorbando los buenos propósitos, proponiendo situaciones costosas o tristes con la imaginación o inquietándole con razones falsas –como que perderá a los amigos, o ya no tendrá alegría jamás o lo que sea que le cueste-, para que se eche atrás en su camino de vuelta a Dios.
El buen espíritu, por tanto, fortalece a la persona en el camino que lleva a Dios, de tal manera que la persona no se ve sola, sino confortada en su camino: le da ánimo y fuerzas para seguir escogiendo el bien, le da consolaciones (Ignacio nos va a aclarar enseguida qué es esto), así como lágrimas de esas que deshacen durezas, inspiraciones de cómo orientar la vida en adelante según nuestro modo de ser, así como una quietud que contrasta enormemente con la inquietud que siente quien está en guerra consigo mismo. La persona que se encamina hacia Dios se maravilla de cómo se le quitan los impedimentos y el camino se hace mucho más fácil de lo que habías imaginado… es el buen espíritu quien lo hace así.
A nivel físico, por venir a un ejemplo de lo humano y constatar que esta vida del espíritu se refleja a todos los niveles, sucede lo mismo: la persona que empieza a escoger lo que no le hace bien, sea fumar o tomar drogas, que se plantea abortar, emborracharse o hacer excesos en el trabajo o del modo que sea, empieza a sentirse mal. El mal espíritu le dice que así disfruta más, que se divierte, que tiene derecho a hacer con su cuerpo lo que quiera; el buen espíritu le hace sentirse mal, marearse o padecer una inquietud o insatisfacción tal que no puede con ella, de manera que esto le permita reorientarse hacia lo que le hace bien.
Cuando la persona decide cuidar su cuerpo según el bien, es posible que el mal espíritu le venga suscitando un malestar de que ahora ya es una vieja, o que así la vida no sabrá a nada y otras cosas semejantes; el buen espíritu, por el contrario, le hace sentirse serenamente bien, le facilita esos modos nuevos, le muestra que por este camino se encuentra mejor y se le abre la vida.
Igual te preguntas si lo que estamos diciendo es que el buen espíritu es el Espíritu de Dios que nos ha creado para la vida y por tanto, favorece a todos los niveles la vida en nosotros; y que el mal espíritu nos quiere arrebatar la vida y lo hace desfigurándola y alterándonos de modo que nos sea atractivo el mal y la muerte.
Sí, es así. Esta es la batalla de la vida, y la podemos reconocer a todos los niveles. Cuando la vida es conducida por el buen espíritu, toda la vida se va orientando desde lo espiritual; y esto, progresivamente, va ordenando la vida entera.
Y si tienes algo que comentar a partir de lo que hemos dicho, ¡gracias de antemano!
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