¿Quién dirías que ama más la vida? ¿El que la vive sin más, el que la disfruta, el que la disfruta y se defiende de ella según los casos, o quien la vive y se pregunta por lo vivido, para vivir más plenamente cada vez…?
Para mí, está claro que es quien la vive y después se pregunta por lo vivido. Para aprender a vivir, que es un aprendizaje costoso y apasionante; para vivir mejor; para hacer que otros vivan mejor… para todo ello, el preguntarse por lo vivido es un paso necesario.
No sé cuánto sabes de discernimiento. En general, de esto sabemos poco. Sin embargo, necesitamos aprender a discernir. Así lo reconocemos en cuanto vemos a alguien que discierne a nuestro lado -nos recuerda que necesitaríamos discernir-. Buscando discernir las cosas de tu vida, no es que siempre vayas a acertar, pero la voluntad de hacerlo lo mejor posible en cada cosa, de comprender el signo de lo que sucede, de poder reconocer la verdad en medio de tanto ruido y tanta mentira es bastante deseable, ¿no te parece?
Para mí, esta expresión con la que reconocerás las entradas dedicadas al discernimiento, es esta: amar la verdad apasionadamente. Para mí, en esto consiste el discernimiento: en buscar la verdad más allá de la comodidad, de la propia lógica… de los propios esquemas o de los demás.
En las entradas que siguen nos vamos a dedicar a este tema. Nos vamos a apoyar para ello en unas reglas de discernimiento muy contrastadas, como son las que incluye Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales. Cuando uno se relaciona con Dios, necesita algunos indicadores para comprender lo que sucede. También cuando se mueve por la vida. Estas Reglas sirven para eso. Sirven para encontrar caminos firmes en la vida. Como verás, estas Reglas de discernimiento están escritas en un lenguaje extraño para nosotr@s, ¡han sido escritas en el siglo XVI!, que voy a intentar actualizar para ti. Pero que no te frene el lenguaje, cuando en él se contiene tanta sabiduría.
Lo primero, ten presente que para hacer un discernimiento hacen falta esos tres elementos que vimos en las entradas anteriores: un elemento objetivo (hacia dónde me dirijo, qué deseo, qué me da horizonte); un elemento subjetivo (la situación concreta de la persona grupo que venimos a discernir); el contexto sociocultural (que enmarca y colorea los otros dos elementos). Si se dan estos tres elementos, pasamos a discernir.
No vamos a comentar todas las Reglas punto por punto, pero sí vamos a ir recorriéndolas. Me gustaría que esto fuera una especie de “minicurso” para aprender a discernir. Te será muy útil, ya verás.
Una vez que hemos dejado claro lo general, vamos adelante.
Las Reglas de san Ignacio están divididas en dos grandes momentos que llamará Reglas de la Primera Semana-Reglas de la Segunda Semana[1]. Él, con su lenguaje del siglo XVI, lo expresa diciendo “los que van de peccado mortal en peccado mortal”- “los que van de bien en mejor subiendo”. Nosotros lo decimos de otro modo: los que viven atraídos por lo que no les hace bien y se acercan a la vida, a Dios, a sí mismos y a todo con la mirada contaminada (por la oscuridad, por el miedo, por el odio, por la codicia, etc.)- los que viven atraídos por Dios y viven de cara a la luz, los que buscan hacer las cosas mejor cada vez y no temen enfrentarse a lo difícil o costoso. Y es que, cuando eres creyente, cuando has aprendido a reconocer cómo actúa Dios, no puedes dudar de que Él tiene que ver con todo lo que es de verdad Bueno, y Bello, y Alegre, y Pleno, con todo lo que es Vida. Dios/el Trascendente es tan humilde que no le importa que se le confunda con las formas en que se manifiesta. Se hace presente en ellas para encontrarse con nosotr@s.
Dos tipos de seres humanos, como ves, que se definen por su modo de orientarse en relación a lo grande, a Dios/el Trascendente, lo conozcan o no. Los primeros viven desnortados. Los segundos están orientados en la vida hacia lo que es más que ellos. No es que los primeros no deseen el más –todos deseamos el más, “todos queremos más”-, pero los primeros lo desean desde su mirada desviada, desajustada, y así les va…
¿Te pongo un ejemplo? No vaya a ser que creas que estoy forzando las cosas para que digan lo que yo quiero decir.
Imagínate una persona en cuyo corazón anida el resentimiento. ¿Cómo mira la vida? ¿Cómo se relaciona con los demás? Le pasan cosas, como a todo el mundo, pero las mira desde el prisma del resentimiento: a mí la vida me trata peor, he tenido mala suerte, no he tenido oportunidades o los otros me han hecho perderlas…; en relación a los otros, lo mismo: repite y se repite su queja, cada vez que ve a una persona o que pasa tal cosa, se activa la memoria herida que tiene asociada a eso… ¿sabes de qué hablamos, verdad? Esto es una vida desnortada. Una vida que no tiene puesto el norte más allá de un@ mism@ para saber a dónde dirigirse, sino que se cierra sobre sí y no va más allá.
Claro, donde pongo resentimiento puedes poner lo que decíamos antes: miedo, afán de poder, envidia, orgullo o lo que quieras… Esta es la vida que nos cierra sobre nosotros mismos. Quizá al principio la queja estaba bien orientada, en que “me hagan justicia” o “me tengan en cuenta”, pero con el tiempo, ese horizonte se ha ido absolutizando y cerrándose sobre sí, hasta ahogar a la persona que está dentro.
Ahora vamos a imaginar a una persona que está abierta a la vida. No es que en su corazón no estén presentes estos signos de muerte –lo están-, pero aunque la condicionan, no la determinan.
Te pongo un ejemplo de nuevo. Imagínate una persona a la que hacen mobbing en su trabajo por ser, pongamos por caso, profesora de religión. La primera reacción, cuando alguien nos mira mal, es creernos eso que los demás dicen. Creernos que somos gente “de segunda”, creernos que no merece la pena dirigirnos la palabra, creernos que se nos puede ignorar o cortar cuando hablamos, que se pueden usar nuestras clases para otras cosas, etc.
Fíjate. Para que esto suceda, para que la profesora de religión se crea que esto es “normal”, tienen que pasar dos cosas: una, que la persona se crea “de menos” interiormente. Otra, que los que están enfrente te traten mal. Insisto en esto: no solo hace falta gente que hace mobbing, sino que hace falta que el receptor de ese mobbing se crea lo que los otros le dicen. Entonces, lo que esa persona hace pueden ser dos cosas: hundirse en la miseria, o afirmarse a sí misma tanto que te enfrentas a todos los demás en una guerra en la que estás sola (o con pocos) contra todos.
Esto pasa cuando uno no se quiere a sí mismo, o cuando se quiere solo a sí mismo. Cuando ha aprendido a pensar de sí mismo lo que le transmiten los demás. En último término, cuando no sabe, o ha olvidado, que hay otro modo de mirarse a una misma: mirarte del modo como te mira Dios.
Las reglas de Primera y de Segunda Semana van a esto: cuando tú estás en el centro de modo egocéntrico (no es lo mismo que ser una persona que vive centrada, que es muy bueno), cuando das poder a otros e imponen sobre ti sus modos de mirar (sean modos que te hunden o que te empoderan), vives lejos de la Verdad, de la Vida, de Dios en definitiva. Y no lo sabes, o se te olvida, porque esas miradas duelen tanto y parecen ser tan poderosas que nos olvidamos de lo fundamental: son mentira. Son mentira, porque la verdad es el Amor. Ignacio de Loyola, el de las Reglas, dice que en la Primera Semana escoges entre “el bien y el mal”, mientras que en la Segunda semana tienes que discernir entre el bien “aparente” y el bien real.
Las reglas de Segunda Semana hablan de la persona que está centrada. La persona que está centrada internamente es la que sabe cuál es el lugar de Dios (el Primero, absolutamente el primero), y el suyo (el de criatura limitada, sí, pero amada sin condiciones y capaz de dar amor, vida). Esta es la verdad. No es “una” verdad. Es “la” verdad, que reconoces cuando estás centrada. Así como cuando vives en esa lógica de “primera semana” estás descentrada y no ves las cosas como son, cuando vives en esa lógica de “segunda semana” te fundamentas en otro suelo que no es el tuyo (¡la relación con Dios/el Trascendente, ni más ni menos!), y eso hace que veas las cosas como son. No porque tú, personalmente, puedas decir cuál es “la verdad”, sino porque se te impone por dentro lo que es. Y el Amor es verdad, la vida es verdad el respeto y el aceptar a todo el mundo es verdad. Lo contrario es mentira. Y aunque lo hicieran todos los seres humanos, seguiría siendo mentira.
Bueno, por hoy ya tenemos suficiente. Si te parece, pregúntate si esto que es solo el comienzo te puede ayudar a ver por dónde va esto de discernir, y nos lo cuentas en los comentarios.
[1] Esto de Primera y Segunda Semana se refiere a los tiempos de los Ejercicios, que se dividen en cuatro semanas y dan los criterios para “leer” lo que sucede en el interior de la persona que hace ejercicios. Las reglas de la Primera Semana coinciden con la primera semana de ejercicios y las de segunda semana, a todas las demás.
Imagen: Martin Jernberg, Unsplash
Gracias Teresa.
He hecho los ejercicios y son una escuela de vida. Discernir no es fácil, suelen oírse varias voces y se va aprendiendo a “olfatear” interiormente el regusto que dejan los acontecimientos y decisiones.
Me hace ilusión estas entradas por que el lenguaje realmente no es fácil. .Las banderas..Los binarios..El buen y el mal espiritu.etc.. Pero tienes la capacidad de actualizarlo de forma objetiva y emocional. Una suerte para nosotras. Lo seguiré con interés.
Un abrazo.
¡Pues no sabes cuánto me alegro, Susana! Tú quieres aprender, y yo quiero transmitirlo. Cuánta falta nos hace aprender a discernir para vivir bien. E Ignacio es un maestro. A por ello. Un abrazo