A menudo nos decimos, o escuchamos decir a otros, que todo lo que vivimos es un proceso. Siendo cierto que el tiempo pasa por nosotros, y que en ese sentido, nos moviliza y nos afecta, en otro sentido más vital, más intenso, hablamos de proceso cuando ese paso del tiempo da lugar a un avance consciente, a un crecimiento o a un de-crecimiento, pero asumido y aceptado, que manifiesta la intención que tenemos los seres humanos de ir adelante, de asumir nuestra humanidad en diálogo con las cosas que suceden. Con Dios, que nos habla a través de los acontecimientos, de la naturaleza, de las personas.
Desde esta clave podemos interrogarnos acerca de qué aspectos de nuestra vida los estamos viviendo en clave de proceso.
El último de los procesos que vamos a señalar en estas entradas tiene que ver con algo profundamente humano: la experiencia de crecer en esas dimensiones que reconocemos como radicalmente humanas. Puede ser la relación, y la relación con Dios, que veíamos en la entrada anterior, o puede ser el crecer en autenticidad, o en coherencia, o en solidaridad o en resiliencia. Puede ser crecerte ante las dificultades o aprender del sufrimiento.
Elige tú, reconociendo alguno de estos procesos que te interpelan más, alguno en el que ves que te vendría muy bien dar pasos adelante.
Supongamos que se trata de aprender del sufrimiento. Culturalmente, intentamos evitar el sufrimiento, y esto hace que tengamos que dar un paso adelante en soledad para hacernos cargo de este deseo de aprender del sufrimiento. A veces, el proceso viene impuesto, cuando el sufrimiento es grande y no puedes evitarlo, y lo que asumes es la decisión de aprender, en proceso, de ese sufrimiento que viene dado. Otras veces, en sufrimientos más pequeños de esos que están presentes en tu vida pero que podrías dejar pasar, puedes elegir si te defiendes de él o lo ignoras. No se trata de entrar a todo, sino de vivir con la consciencia de no dejar pasar aquello que se reconoce como significativo. Cuando deseas vivir en proceso, una gran motivación es el deseo de vivir en verdad, que despierta el deseo de crecer como persona, y que te impulsa a no querer evitar el sufrimiento.
Esto es un proceso: cuando vas, con mayor o menor consciencia, del punto en el que te encontrabas y que limitaba de algún modo tu humanidad, a este punto en el que puedes un poco, o mucho más, que lo que podías.
El sabor que te queda de fondo es la conciencia de estar creciendo. De estar viva, vivo. De saber que puedes seguir por ahí y que la vida, en lo grande como en lo pequeño, no está cerrada, sino abierta, para ti.
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Imagen: Andy Holmes, Unsplash
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