A menudo nos decimos, o escuchamos decir a otros, que todo lo que vivimos es un proceso. Siendo cierto que el tiempo pasa por nosotros, y que en ese sentido, nos moviliza y nos afecta, en otro sentido más vital, más intenso, hablamos de proceso cuando ese paso del tiempo da lugar a un avance consciente, a un crecimiento o a un de-crecimiento, pero asumido y aceptado, que manifiesta la intención que tenemos los seres humanos de ir adelante, de asumir nuestra humanidad en diálogo con las cosas que suceden. Con Dios, que nos habla a través de los acontecimientos, de la naturaleza, de las personas.
Desde esta clave podemos interrogarnos acerca de qué aspectos de nuestra vida los estamos viviendo en clave de proceso.
La semana pasada nos preguntábamos sobre los miedos que nos dan ocasión de vivir en proceso. Esta semana te propongo que nos preguntemos sobre nuestras actitudes ante los procesos, y para eso, quiero comenzar por contarte una historia que a mí me estimula enormemente: se trata de un muchacho discapacitado, con una discapacidad grave de esas que hacen que llevarse la cuchara a la boca le lleve media hora. Este muchacho, cuando su terapeuta le propone un ejercicio nuevo -levantar el brazo de abajo arriba, pronunciar una sílaba nueva-, su respuesta es siempre: “no es tan difícil”. Lo que además de animar a todos los que tiene a su alrededor y a mí, que escucho su historia, nos despierta a revisar nuestras actitudes ante los retos que se nos plantean o que nos proponemos.
Para verte en proceso en este punto de las actitudes, revisa cuáles han sido tus actitudes, o tu actitud, ante los retos que últimamente te has encontrado, y cuáles podían haber sido.
Imagina que el reto que tenías era el de hacer, inspirándonos en este muchacho, una rehabilitación. Ahora, pregúntate cuál ha sido tu actitud en ella: de dejadez, porque no es una dolencia grande y te daba pereza; de temor ante el dolor que te iba a producir hacerla; de desánimo, porque los días que lo has intentado no te ha salido; de ejemplaridad, porque te has empeñado en ello y el rehabilitador se admira de tu constancia, si vas aprendiendo a escuchar a tu cuerpo a través de la rehabilitación, etc…
En todos los casos, nos preguntamos por el proceso que has recorrido y sobre si ese proceso te ha hecho crecer como persona. A veces nos parece que hemos crecido como personas porque hemos logrado lo que nos proponíamos, pero el proceso es mucho más: puesto que hablamos de actitudes, nos preguntamos si el desánimo, o la ejemplaridad, o el tesón mantenido a pesar de las dificultades nos han ayudado a ser más plenamente la persona que somos, o no: más comprensivos o más compasivas, más pacientes o más conectados con nuestro dolor o nuestra alegría, más lúcidos sobre el propio proceso… se trata de crecer.
Esto es un proceso: cuando vas, con mayor o menor consciencia, del punto en el que te encontrabas y que limitaba de algún modo tu humanidad, a este punto en el que puedes un poco, o mucho más, que lo que podías.
El sabor que te queda de fondo es la conciencia de estar creciendo. De estar viva, vivo. De saber que puedes seguir por ahí y que la vida, en lo grande como en lo pequeño, no está cerrada, sino abierta, para ti.
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Eberhard Grossgrasteiger, Unsplash
Deja una respuesta