Últimamente, cuando miro a las personas, me están llegando mucho los secretos que cada uno llevamos dentro. A veces son secretos propios: cosas que no nos atrevemos a decir porque tememos el juicio de los demás, o su rechazo. Otras veces son cositas pequeñas que dan una imagen de nosotros que no queremos que otros vean. O que pensamos que no aceptarán. O que sin duda no aceptarían. Otras veces son verdades muy hondas, tan queridas que solo las entregaríamos como regalo, como bendición. Otras veces… El hecho es que los secretos, a no ser que no sea su tiempo de expresarse o que el mundo, en verdad, no pueda conocerlos, nos atan por dentro con un peso que nos tira hacia abajo. Y eso habla de que hemos de plantearnos qué hacer con los secretos. Si no llevamos nosotros el timón, serán ellos los que lo lleven y nos indiquen qué hacer con ellos. Y eso pesa demasiado: hemos de ser nosotros los que mandemos sobre los secretos, y no al revés.
Si esos secretos son nuestros, también hay otros que pertenecen a otras personas. No hablo lo que alguien te ha contado confidencialmente y que tú has recibido en esa clave. Eso se guarda, porque no es tuyo. Proteges, con tu discreción, con tu amor, el secreto de alguien que tiene que decidir qué hace con su secreto. A ti no te toca revelar algo que te han comunicado como secreto. La persona dueña del secreto deberá decidir qué hace con él. Y para vivir, para dar vida con él, es preciso que decida qué hacer, antes o después.
Pero pasa también que hay secretos que nadie nos ha revelado o que se nos han transmitido, sin saber, como tales. Los hemos recibido como secreto y que durante años se han mantenido así, intocables, incuestionables. Esto pasa, por ejemplo, cuando provienes de una familia que tenía un secreto y tú has heredado, sin que nadie te lo haya pedido ni siquiera impuesto, un modo de vivir ese secreto. Nadie te ha preguntado, no le importa a nadie ya, pero tú vives cargando con ese peso porque en tu familia se vivía con ese secreto y te obligaron a cargarlo a ti. Ahora, reconoces ese peso y también la irrelevancia de ese secreto para el presente. Y percibes con claridad que eso pesa, y es un peso que ya toca sacudirse. Ese, y tantos otros pesos que ahora empiezas a reconocer como tales… esos pesos, en teoría menores, por cosas no dichas: a veces porque se pasó el tiempo de decirlas y otras veces porque no hemos sabido cómo expresarlas porque no tenemos palabras para ellas, porque no sabemos a quién contárselas…
Según íbamos hablando, ¿has reconocido algunos secretos con los que cargas en tu vida? Quizá es hora de poner al día esos secretos, y dejar de hacer lo que te dijeron que había que hacer con ellos, y tomar una decisión más tuya. Las opciones personales hacen que vayamos viviendo la vida, en verdad, en primera persona.
Como ves, por distintos motivos guardamos secretos de cosas que un día asumimos quizá, sin ser conscientes de ellas, y seguimos cargando con aquello a día de hoy. Con aquello que ha prescrito, que ya no importa decirlo o no importó nunca en realidad, que todos se han muerto…, y tú lo sigues cargando.
Y pesa. Reconoces su peso en ti. ¿No te gustaría…, como dice la canción de Serrat, revisar esos pesos y ver si esto tiene que ser de otro modo, o no ser así en tu vida?
Como ves, puedes dar un paso en este aprender a vivir tan apasionante.
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Sander Sammy, Unsplash
Deja una respuesta