Esta entrada tiene forma de carta. Con ella he querido animarte -a ti, Olga, y a tantas Olgas -o Pedros o Arturos que buscamos nuestro camino- a que seas quien eres. Nos resulta difícil, en esta realidad, aunque inmensa, tan predecible, desarrollar lo más propio. Con esta entrada quisiera animarte porque te descubras a ti mism@. El formato de carta quiere hacer esta palabra un poco más cercana, un poco más personal. Si quieres, dime en los comentarios si te ha servido.
Querida Olga,
sientes que tienes algo muy fuerte dentro. En concreto, una llamada a amar, a ser amor. Pero luego, en el día a día, se te hace muy difícil vivir eso tan grande. Si te parece, te voy a hablar un poco de por qué se hace tan difícil. Espero que te ayude ser la persona que llevas dentro la que te des llamada a ser.
Jung dijo que “nacemos originales y morimos copias”. A mí me parece una frase terrible, como una confesión de fracaso de nuestra raza humana… pero la verdad, estoy de acuerdo con ello. Estoy de acuerdo porque creo que cada uno de nosotros viene al mundo como un destello de Dios/ el Trascendente, un destello único y precioso, aunque muchas veces nos cueste interpretarlo así -este destello es nuestra originalidad, lo más propio que somos… se puede concretar en el don, pero es mucho más, el modo como lo coloreamos-. Pero luego, cuando estamos en la vida, aunque reconocemos esa llamada de lo propio con mayor o menor intensidad, muchas veces somos incapaces incluso de reconocerla. Nos importa mucho más ser “como los demás”, acomodarnos, ser aceptados… aceptables. Así, perdemos nuestra originalidad, muchas veces casi inadvertidamente, atendiendo a ser la copia de aquellos/as que -ellos también son calco de un modelo social, familiar, religioso o cultural- nos aceptarán si somos comprensibles, si somos “como todos”… porque lo otro, lo propio, es difícil de comprender – ya lo hemos dicho- y también de encajar en el conjunto, de someter, de controlar.
Por eso, la mayoría de las personas, vueltas además hacia fuera como nos encontramos desde el principio – esto habla de nuestra necesidad radical de ser amados- nos esforzamos, para ser aceptables, por adaptarnos a los demás: a tus padres primero, a los maestros y a los compañeros de clase después, y cuando eres adolescente, a ese grupo al que deseas pertenecer por encima de todo -¡¿?¡-. Son años en que te olvidas de esa llamada interior, o en que la escuchas a veces, quizá con ocasión de alguna experiencia, de algún sueño, de alguna soledad o dolor que padeces. Ocasiones que nos vuelven a nosotras mismas aunque no sabemos qué hacer con nosotras mismas…
Suele ser más adelante, cuando el proceso te lleva de la necesidad del grupo a la necesidad de ser tú misma, cuando ya no te basta/interesa que el grupo de iguales te acepte, si no que necesitas aceptarte tú: es el tiempo de volver sobre el propio interior y reencontrarse con esa llamada, tan misteriosa y tan propia, que nos habla desde lo más profundo de nosotros. En el mejor de los casos, en esta ocasión escuchamos esta llamada y empezamos a darle prioridad.
Todavía sin embargo, es posible que no podamos escucharla: la búsqueda de un trabajo, el deseo de orientar la vida a nivel afectivo, los múltiples reclamos para demostrarle al mundo “quién soy yo”, o las tensiones de lo que todavía no sé o no me atrevo a soltar, me siguen lanzando hacia el exterior y desplazan, una vez más, la atención hacia fuera… con lo que, una vez más, quedará desplazada la llamada de dentro.
A ti no te ha pasado así. En la primera juventud, esta llamada de tu interior ocupaba espacio de más en ti, de manera que el encuentro con tus iguales quedó frustrado: te sentías “rara” y no sabías cómo relacionarte con los que te rodeaban; tenías una llamada a amar que no reconocías en las personas de tu alrededor y que no sabías materializar… como ellos, te centraste en la vida que te rodeaba: hacer bien tu trabajo, que además coincidía con tu vocación, y eso ya es mucho más de lo que puede decir la mayoría; abrirte, después de un tiempo, a un mundo de relaciones que si no lo llenaba todo, te daba al menos la posibilidad de sentir que formabas parte de algo. Y sin embargo, no bastaba. La insatisfacción en tu interior, a ratos acallada, te hacía pensar a ratos que te quejabas de vicio y otras muchas que lo que hay no es suficiente, preparó el terreno para lo que vino después.
Y lo que vino después… qué más da que fuera una depresión, o un amor que amenazaba sacar tu vida de sus goznes, o el sentimiento de incapacidad para seguir viviendo la vida que vivías… da igual lo que fuera, porque en cualquier caso te decía que a ti la vida “normal” no te bastaba. A eso se añadían tus dudas constantes, tu inseguridad o el no valorarte… pero en medio de todo, no podías negar, en tus experiencias, en tus dolores, ese rumor sordo que te hacía estar atenta otra cosa, que te decía que para ti no era suficiente. Y te echabas la culpa por no conformarte; te echabas la culpa porque tenías otra seriedad de fondo ante todo lo que se refiere al amor, a esa certeza que te nombra; otra gravedad pudiéramos decir, u otra intensidad… cada una lo colorea a su modo, pero siempre tiene que ver con estar de otro modo en la existencia. De otro modo que no se rige por esa normalidad que resulta tan insuficiente, por esas medidas “normales” que ahogan de puro anodinas, por esa satisfacción que sabe tan insatisfactoria…
¿Fue esto lo que te hizo empezar a mirar la vida de otro modo? ¿Fue esto lo que te obligó a mirar la vida de otro modo?
Lo cierto es que, aunque seguías haciendo las mismas cosas que todo el mundo, ya no vivías desde ese lugar “normal”. Te habías abierto a la presencia de Amor mayor, que te laceraba y te daba sentido a la vez; que te llenaba de temor, siendo lo único con sabor a vida. Te censuraste por el camino -por no conformarte, por ser distinta, por tantas cosas-, te resististe tanto como te fue posible (¡y esto puede ser muuuucho tiempo!), pero solo ese anhelo profundo llamado Amor, ese Amor total que te cogía por dentro y que era capaz de ponerte en pie desde lo mejor de ti y lanzarte que te embellecía con solo nombrarlo, te fue transformando. ¿Lo elegiste? La verdad es que no. Te eligió o, como solemos decir, fuiste elegida.
Cuando te resistías – a veces por largo tiempo-, la vida no sabía a nada. Las veces te atrevías a dejarte conducir por ese Amor enorme.. a pesar de que desmontara tus referencias, te despojara, te revelara vulnerable e incapaz de saber cómo continuar -en este punto es cuando más necesitamos que Dios/ el trascendente, nos guíe, porque empezamos a pisar una tierra en verdad desconocida… su tierra-. Cuando te dejabas conducir, cuando consentías a la fuerza del amor en ti, a pesar del descoloque, de la desprotección, de tu propia rebeldía o desconcierto, la vida volvía a tener sabor… necesitaste, cada vez más volver a tu interior y ser conducida por esa voz cuyo sonido podías reconocer como luz en medio del oscuro. Necesitaste dejar atrás las demás referencias. Hizo falta consentir en que esta voz, que sonaba ahora más poderosa que las demás, fuera tu única guía. No dejabas de hacer las cosas de todos los días, pero ahora caminabas sola. No es que no hubiera nadie, pero habías dejado atrás los caminos marcados y solo podían acompañarte quienes, como tú, los habían dejado atrás también. Esos “alguien” que sí podían acompañarte, se volvían preciosos y te confirmaban que “por aquí hay camino”, a pesar de no haber ninguno visible. Estabas sola, aunque quizá era lo que menos habías deseado para ti, y no podías negar -aunque tampoco lo vieras- que tu vida tenía sentido para otros, para muchos… Esas relaciones te mantenían vinculada en lo profundo, y descubrías otros lazos, sutiles y poderosos como tu experiencia.
Desde que haces esta apuesta, más comprometida cada vez, la vida se juega en otra galaxia -que luego se unirá con esta-: trabajo de escucha interior, de secundar las inspiraciones, de ir contando, más cada vez, con Dios/el Trascendente que conoce por dónde ha de ir tu vida y se vale de toda clase de caminos para ello. La vida se va condensando en esa fidelidad a lo profundo de la que luego saldrá vida para muchos.
Pude que me digas que no estás ahí todavía, que eso suena muy grande… es verdad, pero al menos, sabes que hay camino, y por dónde continúa.
… un camino largo, muchas veces oscuro, avanzando a tientas, en medio de oscuridad y de resistencias, de torpeza y desorientación – un camino que sin duda, es mucho mejor hacer acompañada… y siempre has tenido quién te acompañara, aunque ese acompañamiento fuera a ratos desconcertante- que te ha permitido, a pesar de su dureza, reconocer que ha caído todo menos esa llamada primera, esa llamada profunda, esa llamada a ser lo que eres, lo que eras desde el principio. La llamada a vivir esa existencia que te hace única y te hace -esto no lo sabías al principio- conocer la plenitud, viviendo en favor de muchos.
Esta canción dice lo mismo, de otro modo: La tempestad
Y esta te ayudará a latir a tu propio ritmo: Adéntrate
Imagen: Elijah O´Donell, Unsplash
Tuve una experiencia muy fuerte para mí un día al llegar a la cumbre del monte Krischevack en Medjugorje ( Bosnia Herzegovina)
Al llegar allí me senté a contemplar el paisaje sin pensar en nada y de pronto por la gracia de Nuestro Señor que me muestra con toda nitidez como me creo
Era tal amor y ternura que no hay palabras y en un segundo después como mi alma había sido afeada con mis pecados y créeme es horroroso lo que hacemos en ella
No pude parar de llorar y llorar en agradecimiento y dolor hacia la Bondad y el Amor De Dios
Buenos días Lydia,
es una gran experiencia que puede marcar la vida, me alegro contigo. en esta entrada no estamos hablando de experiencias significativas, y sino de lo que sucede cuando escuchas una llamada profunda ( puede darse a partir de dichas experiencias, o de otros modos) cuando nos atrevemos a concentrar la vida en eso que nos quema como fuego en el interior. un abrazo grande, Lydia
A mí me ha llegado mucho esta entrada. Ese saber que te la juegas en ser fiel a tí mismo, al tiempo que puedes sentirte raro, o culpable; o te resistes, a veces porque no quieres, otras porque no entiendes lo que pasa por dentro. Al final es estar dispuesto a ser fiel a algo que te va descolocando, que rompe esquemas, y pinta con seguirlos rompiendo, hasta que te vas enterando de que ahí se puede descansar, y que es lo mejor. Pero eso, te elige, porque si lo eliges tú no vale, te vuelve a desmontar porque la cosa no va de lo que resulta gratificante, o de lo que te hace sentir aceptada por alguien, o buena…
Sin acompañamiento yo no sé si podría ser, sí que sé que con acompañamiento se vive mejor, creo yo.
Muchas gracias Teresa por las entrada, por esta en especial, y a todos por los comentarios
Carmentxu
Quería hablar de esa fidelidad a lo profundo en que puede consistir la vida, y lo grande que es que nos entreguemos a ello. Da tanto miedo que tardamos mucho en planteárnoslo siquiera. ¡¡¡Si nos atreviéramos a vivir de lo que resuena dentro!!!
Gracias por tu comentario, Carmentxu.
Me suena esto que le pasa a Olga, Teresa. He de decir que en mi caso, ese “afán” por ser yo misma ha tenido numerosos puntos de inflexión, de salto al vacío, confiando en la Providencia. Llegada a este punto en el que me encuentro, experimento que ser uno mismo, lejos de resultarme ya gravoso, se está convirtiendo en toda una experiencia, excitante a veces incluso. Y hay algo que me susurra que éste se convertirá, ahora con otro sentido, en un afán de cada día. Muchas gracias Teresa por trasladar situaciones tan profundas y complejas de manera tan auténtica y serena. Un abrazo.
Qué bueno que te haya servido, Violeta, para nombrar tu propio camino. Así también nos descubrimos acompañadas en medio de la vida, ¿verdad?