En Pamplona, donde vivo, antes este era un saludo muy común. Una fórmula, sí, que hoy me sirve para preguntarte y preguntarme, más allá del saludo, por el lugar donde te fundamentas, por la vida que vivo, que vivimos. Esto es lo que me preguntaba, y si te parece, después lo comentamos…
No sé si te pasa a ti también… a mí me llama la atención escuchar a alguien que te está contando que ha ido de vacaciones a un sitio de esos que ni te imaginas –Finlandia, Yosemite o el Caribe, según te guste-, ¡y no está más contenta que antes de ir! Ha hecho un viaje que se entiende que te va a aportar algo que deseabas, pero no ha revertido, o yo no lo veo, en las cosas que indican que estamos bien: más paz, más gratitud, estar contenta o reconciliada o descansado…
También me llama la atención el que todas esas ventajas materiales de que gozamos –comida tres veces al día, descanso suficiente si queremos, ducha caliente, (a los que leemos esto) un techo que nos cobija, posibilidades y recursos a nivel social, político, un país en paz…- tampoco parecen aumentar nuestro nivel de contento, de “anchura” vital de esa que te lleva a querer comunicar tu contento… cuando vamos por la calle, lo más normal es ver caras preocupadas, gestos ansiosos, prisas y otros indicadores de “mala vida”.
¿Qué pasa? ¿Qué pasa cuando los bienes no te hacen bien? ¿Qué pasa cuando lo que recibes no te empapa y te bendice, sino que el efecto que te produce parece ser el de lanzarte a lo siguiente, prendido en lo siguiente, siempre insatisfecha como si te hubieran quitado algo? ¿Por qué no podemos descansar en lo que hoy disfrutamos? ¿Por qué parece que lo mejor está por llegar o que –terrible condena- la buena fortuna es siempre lo que les pasa a los demás?
Además, ese rechazo de lo pobre, de lo feo, de lo que no es “perfecto” según los cánones sociales o personales, ¿no tendrá que ver con esto mismo, con la negación de lo que no refleja estos cánones de excelencia, de plenitud, de felicidad, de belleza que son el rostro visible de nuestra vieja Europa?
Gracias a Dios, no todo el mundo vive así. No todo el mundo mira así. Hay muchos hombres y mujeres que viven libres de estos cánones y estos discursos, y muchos otros que se van, nos vamos liberando de este yugo imposible e indeseable. Pero son, o somos, muchos más los que seguimos teniéndolos presentes, los que siguen, o seguimos creyéndonos que la vida, “la que de verdad merece llamarse vida”, va por ahí.
Pero cuando la aspiración, o la consecución de todas estas promesas –el aspecto impecable, la familia de cuento, la casa de revista, el coche y los viajes y los amigos y todo lo que quieras poner aquí de deseable- no te hacen estar en paz, ni te abren más allá de lo tuyo, no te mueven a compartir ni a entregarte, que es el más inherente a lo humano, algo falla en este modelo.
Me pregunto por ello. Cómo comes esa comida que está bien preparada, que es sabrosa, que tanto cuidas, y no te aprovecha en forma de salud, de gratitud; qué pasa para que hayas ido de vacaciones la semana pasada y ya tengas cara de amargada; para qué tanto hacer deporte, para qué tanto cuidar tu cuerpo si tienes una vida que es de mera supervivencia, más parecida a la de un muerto; cómo es que te pasas el día quejándote, segura de que tienes razón, y tu saber no te hace descansar ni contribuir a que mejoren las cosas; cómo gestionas la ilusión de preparar un viaje para conocer lugares lejanos y vives estrechamente en el día a día… en este planteamiento falla algo. Es como si lo bueno fuera siempre “lo siguiente”, como si lo deseable fuera lo que está por llegar, como si las oportunidades interesantes fueran las de los vecinos, como si la vida fuera una selva. Como si el miedo, la codicia, el deseo de poder o de aparentar, los deseos que des-humanizan, fueran el motor de esa vida.
Hay otra vida. Una vida que pasa por echar fuera de ti esos cánones sociales, culturales, familiares y personales que no te ayudan. Una vida en la que, en vez de perseguir lo que nos han dicho que tenemos que desear –que siempre está fuera, más lejos-, te vuelves a tu interior, donde se encuentran tus propios deseos, esos que ha puesto en ti Dios/el Trascendente, los más tuyos –que paradójicamente, solo se realizan con la ayuda de otros y siempre nos llevan a los otros-, los que te permiten estar en la vida a la vez que te abren a más vida.
También hay personas así entre nosotros. Los que agradecen el pan que comen, y les sabe tan bueno que desean que lo disfruten también los demás; l@s que son capaces de ver la grandeza de lo pequeño, y no ansían lo que no tienen; los que se alimentan de las experiencias vivirlas, en vez de consumirlas sin digerir; las que son capaces de abrirse a la realidad como viene, en vez de rechazar o negar la vida que es; los que saben el valor de lo recibido, y viven en clave de gratitud ante lo que les sucede; quienes tienen tiempo y corazón para conectar con los demás, y pueden así dar una palabra o una mirada o una solución a lo que se les demanda…
Yo sé qué quiero vivir. Y acepto que no todo no puede ser. Que para que el corazón se ensanche con esta vida hay que quitarle los cepos de todos esos imperativos o exigencias externas –una y otra vez, porque la cultura nos troquela a muchos niveles- y empezar a vivir desde dentro –de dentro a fuera, y no de fuera a dentro-, pues ese parece ser el camino para que la vida que llevas tenga sabor a vida…
¿Y tú, qué vida llevas? ¿Qué vida quieres llevar? Cuéntanoslo en los comentarios…
Imagen: Free Stock Photos, Trang Doan
Hola,dificil de contestar,facil de reconocer todo que has escrito.Uno mismo tiene que mirar en su interior con paciencia y reconocer que algo pasa con el.Cuando yo me he dado cuenta,algo a cambiado,empieces a mirar las cosas de otra forma.Cada persa es diferente,yo asi lo veo.Gracias.
Qué importante es volver sobre el propio interior para descubrir lo que de verdad somos, María. Muchas gracias por subrayarlo. En nuestro interior se encuentra nuestra mayor riqueza. ¡Un abrazo grande!
Con esta entrada me resuena una pregunta que me acompaña desde hace algún tiempo, ¿en quién descansas? o ¿con quién descansas? O siguiendo esta entrada ¿dónde descansas?, ¿cuándo descansas?… Intentar contestar a estas preguntas siempre me remite a esas personas, pocas, con las que me siento yo mismo, sin necesidad de fingir, ni de ser alguien diferente a quien soy. Me remite a las verdaderas experiencias que me traen Vida, no a simplemente pasar el tiempo. No hace falta buscar grandes experiencias, sino aprender a degustar lo pequeño que el día a día me trae, a disfrutar de las personas que Dios pone en mi camino, de las lecturas que sintonizan con aquello que me ayuda a expandirme, del silencio que me conecta con el Absoluto… E intentar que todo ello no sea una huida de las dificultades del día a día sino todo lo contrario, que lo integren. Éste quiere ser mi modo de vivir, ese modo al que quiero volver cuando descubro que la vorágine del día a día me arrastra sinsentido, cuando pierdo el tiempo sin nada que me hace crecer, cuando me evado de mí mismo evitando el silencio…
Que este sea tu modo de vivir, José Ángel. Cada una de estas ocasiones en que tomas conciencia de ello das un paso más en favor de lo que de verdad llamas vida. Y Dios lo quiere también así que, ¿qué duda cabe de que se dará?