Hace apenas un mes era noticia la extraordinaria inteligencia de Laurent Simons, un niño de 9 años que se ha graduado como ingeniero electrónico.
La noticia me llevaba a preguntarme sobre el modo como Laurent como, a lo largo del tiempo–no ahora, que no puede- irá integrando su inteligencia en el resto de su vida. Su inteligencia es en él algo extraordinario que tiene que integrar, en primer lugar, con la limitación de sus nueve años. Con la experiencia de encontrarse cada día con personas que lo admiran o lo envidian. Con la necesidad de plantearse un horizonte de estudios y de expectativas (en alguna parte he leído también que hay grandes universidades, como Cambridge u Oxford, que se lo rifan) que no es capaz de gestionar… de nuevo, la limitación entre su inteligencia extraordinaria y la limitación de su cuerpo y su psique de nueve años, sometidos al ritmo del tiempo y de las experiencias que aún no tiene. Pensaba que, así como Laurent tiene una cualidad extraordinaria como es su inteligencia, otras personas viven, en medio de su “normalidad”, otra clase de experiencias extraordinarias que también es costoso integrar en este ser tan pequeño que somos: a veces, dichas experiencias pueden ser extraordinariamente desgarradoras, como haber visto morir a tus padres o haber sufrido abusos. Otras veces es el tener una sensibilidad que te hace gozar o sufrir muy por encima de la media. Otras veces es el haber tenido algún tipo de experiencia incomunicable, espiritual o existencial, que te dice que las cosas no son como dice el discurso común.
¿Qué quiero decir con esto? Primero, que así como Laurent tiene una cualidad extraordinaria, tú tienes algo extraordinario también. Algo que quizá tú percibes como negativo, o incómodo, o inútil. Pero algo extraordinario, sin duda. Algo que es más grande, o más brillante, o más oscuro o más inasible que lo que normalmente entendemos o aceptamos. Algo “no común”. La cualidad de Laurent, una inteligencia de esas que decimos “una entre un millón”, nos hace caer en la cuenta de que en nosotros también hay algo extraordinario, algo que convive con “lo común” que también somos.
Quizá piensas que tú eres “normal”, que no tienes nada de extraordinario, de propio, de peculiar. Pero quizá sea que te estás mirando desde una creencia limitante, la de que solo las cualidades visibles o valoradas, son algo extraordinario. Que solo lo positivo o lo fácil te hacen único. O quizá no valoras eso tan tuyo porque socialmente no se valora eso que es tan tuyo. O porque es doloroso. O, en definitiva, porque no lo sabes encajar.
Aquí es adonde quería llegar. Laurent puede llegar a ser un ser humano valioso si aprende a conjugar lo extraordinario de sí, su inteligencia, con lo común que hay en su vida. O puede llegar a ser un “engendro” aterrador si, potenciando únicamente su inteligencia, no atiende a toda su persona en este camino vital que ahora se está iniciando.
Para eso Laurent, como tú, como yo, tiene que aprender a vivir. A integrar las tensiones, los desajustes entre lo extraordinario y lo común que hay en su vida. A integrar su persona, su vida, en el “todo” que es la sociedad, de la que necesita y a la que sirve. Entonces podremos decir qué clase de ser humano es.
Por ahora, Laurent nos ayuda a caer en la cuenta de que también en nosotros hay algo extraordinario, con lo que nos identificamos especialmente, algo que sientes muy tuyo. Puede ser una cualidad con la que has nacido, o puede ser algo que te ha pasado en la vida. Algo que te ha marcado de tal manera que en principio te desestabilizaba y luego se ha convertido en fuente de tus búsquedas y de tu modo de sanar a otros.
Un ejemplo de esta realidad puede ser Boris Cyrulnik, el autor de “Los patitos feos”. Cyrulnik fue un niño judío que perdió a sus padres en la segunda guerra mundial y estuvo a punto de morir en ella. Esta experiencia, convenientemente releída y progresivamente integrada le ha llevado a crecer como ser humano y a ayudar a otras personas a enfrentar sus traumas y sufrimientos. Aquí, lo extraordinario y terrible de ser un niño judío amenazado de muerte, ha sido ocasión para llegar a ser una persona de calidad y para encontrar tu modo de estar en la sociedad en favor de otras personas.
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Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Christopher Rusev, Unsplash
Gracias Teresa.
No te haces idea de en que momento tan oportuno llegan estas palabras tuyas.
Se positivamente que Dios te ha puesto como vehiculo transmisor. Solo pueden ser palabras de animo.
Un abrazo. Maria
¡Damos muchas gracias a Dios, María! Un abrazo
Hola Teresa,
A veces voy tan deprisa que ni siquiera abro los correos pero siempre que lo hago agradezco y los disfruto.
Qué buenos esos días que percibes tanto de extraordinario en lo ordinario y qué pena cuando nos olvidamos de tanto…
Muchísimas gracias, abrazo!!!!
Y qué buenos esos días en que percibimos que nosotros somos lo extraordinario. Tanto, que nos anima a dejar de correr…
Un abrazo grande, Mertxe, y muchas gracias!
Tenía un hermano de mi comunidad que decía una frase que me ha recordado este escrito. Él decía “vive la vida normal de una manera especial”. Quizá se podría reescribir diciendo “vive lo ordinario de una manera extraordinaria”. Qué bueno es saber que somos únicos, originales e irrepetibles. Y que en la mente y el corazón del Señor de la vida cada uno somos especiales y tenemos algo extraordinario aunque oculto en lo ordinario de cada día. Necesitamos aprender a mirarnos y a mirar para descubrir eso pequeño que nos hace grandes.
Gracias por tanto bien que nos haces.
Gracias por tu aportación, Segundo. Y por el recordatorio, que es llamada de atención: “Necesitamos aprender a mirarnos y a mirar para descubrir eso pequeño que nos hace grandes.” Es urgente que nos paremos a mirar lo importante.
Es un artículo que me viene muy bien por el momento vital en el que estoy.Me gustaría que pudieras escribir un poco más sobre ello.
Muchas gracias por tu lucidez.
Qué bueno, Ane. Hay un curso en vivirvivir, “Soy mi don”, que te acompaña en el proceso de descubrirte desde esas cualidades únicas y te muestra cómo integrarlas. Ayuda muchísimo a descubrir cómo vivir desde nuestros dones. Un abrazo grande
Gracias Teresa por tu ayuda sabia, generosa y animosa para aprender a vivir como personas valiosas que sanan a los demás. Un abrazo.
Ojalá que el caer en la cuenta de nuestros dones nos despierte a saber quiénes somos, y que somos para los demás. Gracias, Susana.
Gracias, Teresa.
Hasta hace poco este tema de la integración personal me ponía nerviosa. Temía ver de cerca mis desajustes.
Pero ahora, como en una reunión que he tenido esta tarde, contemplar la enormidad que esconde cada persona, con sus circunstancias, me ha llevado a llorar y a conmoverme muchísimo. Sólo veia enormidad y enormidad, en unos límites muy ciertos.
Y entendia por qué el Sembrador sale cada día a sembrar…
Antes no querías ver este tema porque temías a lo pequeño. Ahora vas descubriendo que poder percibir lo enorme da, de verdad, vértigo. Pero también descubres que tu mirada lleva implícita la integración: “enormidad en unos límites muy ciertos”. Te reconoces fecunda de esa siembra del Sembrador. Gracias, María Luisa, por tu mirada que ve y nos lleva más allá.
Hola Teresa. Tus palabras me han hecho reparar en la importancia que tendrá para Laurent la manera de mirar de aquellos que encuentre en su camino.
Eso me confirma en una presente reflexión: para encontrar los talentos que el Señor ha puesto en mi he de “escuchar” a los demás, percibir qué cosas que parten de mi son vida para ellos.
Un abrazo.
Gracias, Tanah, por tu reflexión, que nos anima a mirar desde ese otro lugar que son los que miran a Laurent. Un abrazo grande