En estas entradas que hacemos en clave de proceso me gustaría que nos preguntáramos, tú y yo, en relación a la madurez. A esa realidad que la RAE define como el “periodo de la vida en que se ha alcanzado plenitud vital y aún no se ha llegado a la vejez”. También define la madurez por la actitud que implica: “Buen juicio o prudencia, sensatez”. Si te parece, vamos a tenerlas presentes en nuestro recorrido.
La RAE da también, como primera acepción de madurez, otra definición: “condición o estado de maduro.” Esta definición habla de algo que se da en otros seres y nos enseña acerca de nuestra condición. Madurez es esa edad en que alcanzas tu punto óptimo, ese en que el que se manifiesta tu cualidad propia, ese punto en que estás en tu sabor, a punto…
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Madurar no es que en adelante te identifiques con los de tu edad, más avanzada, en un cetrino acomodamiento externo. Madurez tiene que ver con alinearse con el propio interior, reconocerlo como mi propia brújula, que me indica el camino de lo que vivo y de lo que tengo que vivir. Madurar es reconocer que en mi interior encuentro las claves para vivir mi vida, mi propia vida, que no es igual a la de los demás ni en el modo de vivir las mismas cosas, ni en la necesidad de pasar por determinadas experiencias.
Madurar es reconocer que no es un catálogo de experiencias lo que tengo que vivir -viajar por el mundo, nadar con delfines o tiburones, aprender idiomas, correr una maratón, manejar un superauto, ver una aurora boreal o ir a una fiesta de famosos, según algunas de estas listas -, sino que las experiencias que me está trayendo la vida, con su intensidad o su extrañeza o su pequeñez, resultan ser más retadoras y reales para vivir que todas mis expectativas “a la carta”, y que cuando dejo de esperar que “la vida” me saque las castañas del fuego, como antes hacían papá o mamá, puedo empezar a celebrar que voy por buen camino. Madurez es empezar a saborear que real es una palabra más apasionante que extraordinario, y que apertura es una actitud más necesaria para vivir que “aventura”.
Madurar es reconocer que, en medio de todas estas personas que me rodean, hay en mí unas capacidades que no son las de otros y son buenas, un modo de ser, una negatividad o una alegría que no es la de otros y es responsabilidad mía orientar hacia el bien, un camino que se hace con estas capacidades, con estos obstáculos, en estas circunstancias.
Madurar es no solo aceptar que no será lo que quieres sino también con quienes no quieres: que este viaje de la vida se hace con las cartas que se dan, y ese es el reto. Y que cuando asumes esto, estás en mejores condiciones para vivir que antes de hacerlo.
Cuánta vida se nos va comparándonos con lo que hacen, o son, o viven otros. A veces será de modo burdo, en las primeras etapas, cuando dices: “esta persona tiene esto, o disfruta de esta oportunidad, y yo no”; después es de un modo sutil, el que ya no se compara, pero aún no se lanza a ser: según tu propia espontaneidad, según tu propio modo de querer, según tu alegría o tu modo de mirar la vida.
Madurar es reconocer que, a través de todo esto, hay un yo, el mío, que se va componiendo, gestando, engendrando a través de todas las circunstancias y que con estas cartas que son las mías y mi modo personal, concreto, único de manejarlas voy dando a luz un ser único. Y que esto tiene mucho que ver con la madurez, con ese punto “óptimo” del que hablábamos al principio y que necesita de tu yo personal, ese que solo es posible cuando vives desde tu interior, para dar a luz eso nuevo, eso único que tú eres.
En este segundo paso a la madurez, ¿qué aceptación de la vida se da en mi vida? En esa aceptación de la vida, ¿cómo pongo en juego mis capacidades, cómo están presentes mis límites?
Imagen: Mike Kotsch, Unsplash
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