Hoy hablaremos de las experiencias verdaderamente importantes que se han dado en tu vida, para que, al desempolvarlas, te encuentres con quien de verdad eres, con lo que quieres vivir.
Terminábamos la entrada anterior preguntándonos por las experiencias significativas –experiencias “prolong” las hemos llamado en otra entrada, atendiendo a la potencia de vida que despliegan a lo largo del tiempo- que has vivido en tu vida. Esas experiencias te muestran un diseño diferente de ti mism@. Te dicen que tu vida es de otra manera: te dicen cosas ligeras como que eres capaz, en medio de tu agobio, de maravillarte con una mariposa y hacer presente que la vida no tiene que ser tan estresada; te dicen verdades enormes que existe el amor gratuito y que sabes a qué sabe, aunque sea tan difícil y tan raro descubrirlo en el día a día; te dicen cosas que igual habías dejado de creer, como que eres preciosa y que tu vida tiene sentido de otra manera más sutil y más cierta, cuando aprendes a escucharla, que los mensajes de nuestro mundo; te dicen tantas cosas y tan hermosas que puedes construir el diseño de tu vida atendiendo a lo que dichas experiencias te muestran acerca de la vida, acerca de ti…
Si quieres, haz la prueba. Ahora mismo. Ya sabes cuál es la “historia oficial” de tu vida. La que no conoces tanto es esa otra que se cuenta con estas experiencias significativas que estamos diciendo. Son tantas y tantas que, como verás, valen para escribir una vida. Sólo que no dicen de ti lo que has pensado siempre (que muchas veces es sospechosamente parecido a lo que te han dicho los demás que eres), sino que a través de estas experiencias se te comunica lo que Dios/el Trascendente te quiere decir. Si las escuchas, si te dejas conducir por ellas, sale otra historia de tu vida completamente distinta de la oficial. Tanto, que te vas a descubrir otra persona que te gustará mucho más y que… es más verdad. Haz la prueba. Ahora, si quieres, o dentro de unos días. No te pierdas este descubrimiento de ti mism@.
¿Cómo reconocemos las experiencias significativas en medio de todas las demás experiencias que tenemos a lo largo de la vida?
- Las reconoces, primero, porque aunque pase mucho tiempo, no las olvidas. Puede que las entierres y necesites pararte para desempolvarlas, pero en cuanto te pongas a ello, ahí están, vivas y elocuentes para ti, y te comunican, en distintas épocas, luces nuevas acerca de la misma experiencia.
- Las reconoces porque, aunque vienen bajo la forma de cualquiera de las realidades de nuestro mundo, colorean completamente lo que conocíamos de nuestro mundo.
- Las reconoces también porque tienen una riqueza especial, capaz de decirte cosas nuevas a lo largo del tiempo (esto, si vuelves a ellas y las escuchas).
- Tienen sabor a algo extraordinario, a algo que “no es de este mundo”, y sin embargo, las reconocemos como lo más deseable, lo más pleno y más real de nuestra vida.
- Pueden darse en medio de cosas que tienen signo positivo o negativo, y hacen que se relativice lo que llamamos “bueno” y “malo”.
- No son apresables ni controlables, y por eso también te enseñan cómo tienes que comportarte con ellas… y con todo lo que importa en la vida.
- Las reconoces porque la verdad que dicen suena en otra parte, suena de otro modo que, si bien no es demostrable, ni defendible, si bien los demás pueden no entender lo que te dice a ti (por ejemplo, maravillarte de la luz del sol en medio de una tormenta y experimentar con eso consuelo para tu angustia), a ti te dice realmente, y lo notas cada vez que vuelves a ello.
- Porque vienen de fuera y son de otra parte, no las puedes provocar, no las puedes reproducir, te dan vida en la vida en que sigues sus instrucciones, y las pierdes en la medida en que intentas objetivarlas del modo que sea –pintarlas, sublimarlas, conceptualizarlas… de todo se escaparán-.
- Si, en cambio, las dejas resonar en ti, si secundas lo que te indican, cambiará, con el tiempo, tu modo de ser y de vivir. Vivirás una vida espiritual que no se aleja de este mundo, sino que resulta ser el modo de vivir que da sentido a todo lo que vivimos y nos integra.
- Otro signo de dichas experiencias es que te sitúan en otra realidad más deseable, pero una vez que pasa la experiencia, no puedes volver por ti mism@ a lo que has experimentado, aunque te encantaría.
- Tienen otra profundidad, otra consistencia, y te colocan, internamente, en otro lugar. Eso, si las escuchas, si las secundas. Si no, sabrán a “otra cosa”, pero esa cosa se pasará y tú te perderás el habitar en ese “otro lugar”, en ese lugar que da paso a otra vida.
Igual suena un poco raro. Y sin embargo, tú también has tenido experiencias significativas. Todos las personas las hemos tenido. Lo difícil no es tenerlas. Lo difícil es escucharlas y vivir de ellas, cuando resulta, además, que por nosotros mismos no podemos encontrar la puerta que ellas nos abren.
Así lo describe Wordsworth[1], hablando de experiencias de infancia:
“Hubo un tiempo en que el prado, la arboleda y el río,
la Tierra y todas las escenas cotidianas,
se me antojaban
ataviadas de luz celestial,
la gloria y la frescura de un sueño.
Ahora no es como antaño;
y por más que lo busco,
noche y día,
no veo ya las cosas que veía.
Va y viene el arco iris
y es perfecta la rosa,
la luna se estremece de alegría
y mira en torno de los vacíos cielos.
Son hermosas y limpias
las aguas en la noche estrellada;
y nace el sol magnífico y grandioso.
Pero allá donde vaya, ahora sé,
que la Tierra ha perdido su gloria.”
Igual me dices: “¿Qué tiene que ver esto con la espiritualidad?”
Esto es vida espiritual. Esa vida de la que decíamos que viene de otra parte y nos revela que existe eso que más deseamos. Luego, dependerá de nosotros el modo de conectar con ello, el modo de guardarlo en el corazón y de vivir de ello, pero ahora sabes que existe esa otra vida, te visita y te interpela. Tú puedes responder o no, pero ahí está, para ti, para que vivas. En el caso de Wordsworth, aquellas experiencias infantiles a las que ahora no sabe cómo acceder han terminado en desconcierto, en frustración.
No es este el único modo de vivirlas. Coleridge, otro autor inglés del siglo XVIII, tiene otra experiencia: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?” Las experiencias significativas no nos permiten permanecer en ellas después de haberlas vivido, pero queda de ellas un sabor, un espíritu, un… algo que es prenda, y te permite vivir de, desde dichas experiencias.
Las experiencias significativas, las experiencias que se prolongan en el tiempo y nos siguen dando vida, nos permiten también descubrir el signo que puede tomar esa vida. No las podemos provocar, pero podemos elegir cómo respondemos a ellas, y esa decisión indica el signo de nuestro espíritu.
Prueba tú ahora: ¿cómo leer la experiencia de Wordsworth? ¿Y la de Coleridge? ¿A qué te llevan?
O, como te preguntaba antes (y es una pregunta más íntima, más profunda que las anteriores): cuando recorres las experiencias significativas que has vivido en tu vida, ¿qué dicen de la persona que eres? ¿Qué te dicen del modo como Dios/el Trascendente te está hablando a través de ellas? ¿Qué te enseñan acerca del vivir?
En clave de acompañamiento, creo que ayuda mucho leerse a un@ mism@ desde las experiencias significativas. Te da otra imagen de ti, como hemos dicho, y también otro horizonte para desplegarte como persona.
¡¡Continuemos hablando de esto en los comentarios!!
[1] «Indicios de inmortalidad en los recuerdos de la primera infancia» (1807).
La imagen es de Lisheng Chang, Unsplash
Muy enriquecedor leerte, Teresa, como siempre. Y sugerente. Me invitas a reflexionar y a meditar.
Dices, hablando de las experiencias significativas: “…Lo difícil no es tenerlas. Lo difícil es escucharlas y vivir de ellas, cuando resulta, además, que por nosotros mismos no podemos encontrar la puerta que ellas nos abren”. Es verdad que solos no podemos. Pensar lo contrario creo que es un profundo error. Sin embargo, es evidente que abrir esas puertas y nutrirse de lo que se nos aparece requiere de nuestra participación, de nuestra mirada interior. Hemos de estar ahí, pero sin estar del todo, sin que se note demasiado.
Y es que el mundo espiritual tiene estas cosas, es paradójico. Nuestro Dios también lo es. Profundamente paradójico. De ahí su encanto y atractivo. De ahí también su hermosura, su profunda belleza y su verdad.
Nos queda el arte del discernimiento y la sabiduría que comporta para acercarnos a estos maravillosos misterios.
Muchas gracias, Teresa.
Un abrazo
Manuel
Que sigamos aprendiendo esa sabiduría y ese discernimiento para saber abrirnos a lo que nos desborda, Manuel. Un abrazo grande!