A mí me suele maravillar el hecho de que los humanos nos hagamos, o dejemos de hacernos preguntas. Nos hace gracia en los niños, o nos impacienta, pero demasiado a menudo da la impresión de que lo de hacer preguntas es cosa de niños. Como si pensáramos que ellos preguntan porque no saben, y nosotros respondemos, o decidimos que ya estamos hartas, hartos porque somos los adultos, y que esto es solo una etapa de la vida como la de aprender a hablar o hacerte caca en el pañal porque no sabes hacerlo de otro modo.
Está claro que si lo planteamos así, los niños lo van a entender así. Van a entender que las preguntas son el modo de los que no saben, y ellos mismos van a querer dejar de hacerse estas preguntas en el deseo de hacerse autónomos. Van a querer dejar de hacerse preguntas porque aquellas personas que quieren que les quieran, a las que quieren, les transmiten que eso de preguntar tiene una fecha de caducidad.
Para ese momento, se espera que los niños, las niñas hayan encontrado respuestas. Respuestas bastante obvias para los adultos, porque lo que se espera que aprendan con ellas es cómo han de hacer las cosas del modo como lo hacen sus padres, sus tutores, sus maestros. Lo que se espera es que se sepan las respuestas adecuadas y sepan usarlas en el momento preciso. Lo que se espera es que gestionen la información que han recibido, como lo hicieron sus padres, sus abuelos, los amigos y los vecinos de sus abuelos y sus padres antes que ellos. Si en algo discrepan, que es inevitable, han de tenerlo oculto o privado, para que no estorbe la marcha del mundo que se rige con esas respuestas que hemos convenido en ver como “adecuadas”, “correctas”, más aún, “normales”.
Hay otros padres, o tutores, o maestros que lo ven de otro modo. No escuchan las preguntas en función de sí mismos -me molesta, no me molesta que me preguntes-, sino que las escuchan, las acogen, como necesidad de la niña, del niño.
Lo primero que sucede en este caso es que la niña, el niño, se sienten valorados. Esta persona que tanto les importa les dice con su actitud que sus preguntas, valiosas para ellos, tienen valor. Les anima a preguntarse, y les muestra con ello que la actitud de hacerse preguntas es adecuada, incluso óptima, para contemplar la realidad.
Estos niños no van a dejar de hacerse preguntas más adelante. Han sido acogidos en sus preguntas, han experimentado que sus preguntas les abren a eso que tanto les importa, y han ido descubriendo que las preguntas te abren a más realidad, a más preguntas y a más respuestas cada vez. Aprenden que hay preguntas que no llevan a ninguna parte, y respuestas que tampoco valen gran cosa. Es posible que esto les haga hacerse más preguntas, es posible, por esta segunda vía, que vayan encontrando sus propias preguntas y su propio modo de preguntar, sus propias respuestas y las respuestas de otros, diversas de las suyas. Quizá porque se han hecho preguntas distintas a las suyas… o puede que sea porque con las mismas preguntas llegamos a lugares diferentes.
¿No te parece que el ser humano que se hace muchas preguntas descubre un mundo fascinante a través de ellas?
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Jon Tyson, Unsplash
Deja una respuesta