Yo tendría aproximadamente 22 o 23 años en ese tiempo. Ahora, soy un viejo. Pero recuerdo perfectamente la primera vez que vi a Batiushka (sacerdote o padre). Tenía una familia -dos pequeños hijos-. Trabajaba y bebía. Mi familia pasaba hambre. Mi esposa salía a mendigar. Vivíamos en una miserable choza. Una vez llegué a casa muy bebido. Vi al joven sacerdote sentado allí, con mi pequeño hijo en sus brazos, contándole algo con mucho afecto. El niño escuchaba atentamente. Me pareció como si el sacerdote fuera Cristo en persona bendiciendo a los niños. Quise insultarlo -andando de aquí para allá. Pero los tiernos y penetrantes ojos de mi batiushka se fijaron en mí. Me sentí avergonzado, levanté mi mirada, él estaba mirando directo a mi alma. Comenzó a hablar. No me atrevo a transmitir todo lo que dijo, pero afirmó que tenía el paraíso en mi hogar, porque donde hay niños, siempre hay calor y bienestar y que no debía cambiar ese paraíso por las emanaciones de la cerveza. No me culpó, no. Perdonó todo, pero en realidad no había excusa para mí. Me alejé, me senté y me quedé en silencio. No lloré, pero tuve un profundo sentimiento dentro de mí igual al que se tiene antes de que te broten las lágrimas. Mi esposa me miraba. Y es así como desde entonces, me convertí en un hombre.[1]
En las entradas que siguen vamos a hablar del proceso que se recorre para ir de la inmadurez a la madurez. Todos tenemos una idea de lo que es la inmadurez, una idea de lo que es la madurez. La propuesta es que dialoguemos, a partir de lo que vemos en este texto, con este proceso que cada una, cada uno, hemos de recorrer para ir de la una a la otra.
Aquí se habla de un hombre que vive dominado por la bebida. Te puede dominar la bebida, o tantas otras cosas que podríamos decir (ya sabes: las compras, la envidia, tantas otras adicciones que encontramos en internet, la ira, los juicios, la comparación, el orgullo que toma tantas formas o cualquier otra cosa que te domine). Algo que tiene aquello que te domina es que nosotros solemos ser los últimos en enterarnos. Ya ves, este hombre se atreve, llegando completamente borracho a la choza miserable que es lo único de lo que puede disponer su familia, aún se atreve a insultar a otros….
Esto le pasa a él, y nos pasa a todos tantas veces: estás dominado por algo que te esclaviza, pero sigues contándote y contando a los demás que no, que tú puedes, que tú eres diferente. Tú eres mejor. O incluso que tú eres mejor, que esto te pasa pero es porque… y ese porque siempre se refiere a los demás, que son los culpables de que estés así, o los que estorban o no te ayudan. Y aún te permites juzgar a los demás.
Aún es peor cuando ni siquiera ves. Porque hay quien ni siquiera ve, nunca, que lo que a ti te pasa lo tienes que asumir tú, y que nunca es verdad, ni resuelve, culpar a otros de lo que tú haces, dices, vives (a los catorce años puede, a los veinticuatro es poco aceptable… a los treinta y cuatro tendrías que sentir vergüenza!)
Una cosa muy buena que pasa aquí, cuando este hombre, de viejo, nos cuente la historia, es que no culpa de ella a nadie. La madurez asume las propias faltas, y deja de culpar a los demás.
En cambio, cuando eres inmadura, inmaduro, siempre echas a los demás la culpa de lo que te pasa. Tengas siete, treinta y siete, setenta y siete.
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Imagen: Brooke Balentine, Unsplash
[1] https://laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com/2017/12/san-juan-de-kronstadt.html
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