En las entradas que llevamos recorridas de “Discernir para vivir” hemos reconocido ya tres niveles, capas o estratos presentes en las personas. En el primero nos encontramos todos, y muchas veces, la vida se nos pasa así, discurriendo por ese nivel de superficie. En el segundo se da esa vivencia más personal, interior y propia que revela un “yo mismo”, aunque está tan conectada con la epidermis que depende mucho de ella todavía. En el tercer nivel, que vimos en la entrada anterior, reconocíamos el nivel propio del discernimiento, que opera en un nivel más profundo capaz de señalar las motivaciones auténticas y las espurias, las propias y las prestadas, ajenas al fin, aunque lleven con nosotras toda la vida. A este nivel podemos cambiar el guión de nuestra historia, no solo en lo de fuera, sino acomodándolo a aquello que reconocemos como más pleno, más verdad, y mejor.
Después de recorrer esos tres niveles venimos ahora al cuarto nivel que, sin hacer nada, nos da la orientación y el sentido de todos los demás. En los niveles anteriores reconocíamos una presencia del propio yo que interpreta la realidad según los registros propios de cada nivel: ser en medio de todos- ser el que crees que eres/quieres ser –dejarte iluminar por la luz que te muestra el camino para ti. En este cuarto nivel no somos nosotros los que llevamos el protagonismo, sino que si descendemos a él, más aún si lo habitamos y nos encontramos en él en propia casa, vivimos una vida que se deja conducir por Dios/el Trascendente, que nos ha creado.
En este nivel entramos en otro universo diferente de los anteriores: este es el mundo donde, más allá de la verdad que yo pueda alcanzar, las cosas son en verdad. Este es el mundo donde Dios reina, donde él conduce la realidad. Este es el mundo donde reconocemos nuestro verdadero lugar, somos criaturas, y reconocemos el lugar de Dios que es Amor, es Santo, es Misericordioso.
En este mundo nos dejamos conducir, porque nuestra dicha y nuestra verdad no consisten en la autoafirmación, sino en el despliegue, por amor, de los dones que Dios nos ha dado. Aquí, el discernimiento me lleva a reconocer y a desplegarme según el yo que soy, ese que Dios ha creado por amor, el mejor “yo mismo” que cabe. El discernimiento aquí no busca, como en el tercer nivel, poner luz en medio de la confusión, de la oscuridad, en medio de las situaciones buenas o medio buenas que me encuentro en la vida para que yo responda lo mejor posible. El discernimiento aquí pretende sobre todo dejarse conducir, no estorbar a la acción de Dios que es Plenitud y nos hace desplegar nuestra plenitud, que es enteramente obra suya. Podríamos decir que en este nivel actuamos como hijos de la luz (1Tes 5,5), siempre que esta afirmación no ponga el foco en el ego. Se puede ser algo mucho mejor que “yo mism@”. Se puede vivir como hijas e hijos de Dios, se puede ser herman@s, se puede ser lo que Dios quiso al crearnos.
En este nivel, no solo es que las preguntas que Josh se hacía –y tantas otras, por buena intención que tengan- las detectas de inmediato como espurias e insuficientes, incapaces de saciar el hambre y la sed de verdad que tenemos los humanos. A esta luz, miras la vida con la mirada de Dios, más límpida y más plena cada vez (también es la mirada de Dios la que nos guía en el tercer nivel, aunque en este está más mezclada con lo nuestro), y es su mirada la que te da la certeza de cómo son las cosas. Cuando miras así, ves las cosas como son. Todos los humanos reconocemos a qué sabe la verdad cuando la hemos encontrado, y la reconocemos como mejor que lo nuestro, aunque no tengamos que ver con ella o queramos evitarla… Así que imagínate qué certeza te da esta mirada, qué confianza a la hora de mirar la vida y vivirla. Ya no miras desde lo que tú haces o eres, sino que lo que te importa es lo que Dios hace en ti, y cómo respondes a eso que hace.
El discernimiento del que estamos hablando es luz de Dios que ilumina mi vida, más poderosamente cuanto más me dejo conducir por la lógica de Dios, por su mirada. Cuanto más habito en Su mundo, que es el más nuestro en realidad, y logrará transformar la vida, a estos cuatro niveles que hemos definido, desde el Amor/Verdad/Vida que Dios es.
Empezábamos diciendo que vivimos en historias. Que a todos los niveles se dan historias que identificamos o queremos que sean la nuestra, lo que se da en mayor o menor medida… Tenemos que venir a este cuarto nivel para descubrir que hay una historia de nuestra vida que es mejor que las demás. La mejor historia de nuestra vida es la que Dios quiere para nosotros.
¿Qué piensas de esto que hemos ido hablando en relación al discernimiento? ¿Tienes preguntas, reflexiones, comentarios? ¿Quieres que sigamos hablando de esto? Cuéntanos…
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Imagen: Christian Pugsley, Unsplash
El discernimiento ha emergido de tal manera que se ha colocado en primera línea de mis intereses vitales. Así lo siento. Sin él, no tomaré conciencia de mí misma. Sin él no llegaré a tratar adecuadamente la realidad. Sin él, no llegaré a saber con quien me relaciono cuando digo relacionarme con Dios. Sin él no valoraré mi historia, ni la de nadie, como “sagrada”
Quiero aprender discernimiento.
Qué alegría leerte, María Luisa. Qué ganas tengo de que seamos muchas las personas que vemos la necesidad del discernimiento. ¡Gracias por sumarte a esta pasión y a esta búsqueda!