“¿Qué más me he perdido? ¿Cuántas veces en mi vida he estado, digámoslo así, en el porche de atrás y no en el de delante? ¿Qué me habrían dicho que no alcancé a escuchar? ¿Qué amor pudo haberse dado que no sentí?” Estas preguntas que se hace uno de los personajes de Lucia Berlin en Manual para mujeres de la limpieza me han hecho preguntarme sobre los caminos que toma la vida, sobre las opciones que marcan nuestras historias.
Todos nosotros tenemos una historia que nos explica. Todos nosotros tenemos una historia que nos explica. Muchas en realidad, apiladas en capas como los sedimentos en el río, entrelazadas entre sí como las hebras de una madeja. Una historia “oficial”, la más visible, la más comprensible, la que todos pueden conocer. La que cuentas en Facebook (pobre de ti como no tengas más). Otra, la que contamos sabiendo o sin saber a los cercanos, a la gente de todos los días, la historia en la que nos decimos a nosotros mismos. Otra, si tenemos un poco de eso que llamamos “vida interior”, de esa vida más nuestra que las otras, que da razón de ellas, que nos alimenta y que a medio o a largo plazo tiene que notarse fuera, esa en la que de verdad sabes qué dices cuando dices “yo”, esa que da el sentido a todas las demás y las va haciendo más verdaderas y más vivas cada vez. Y aún hay otra, la última: la que Dios/el Trascendente conoce, la que hizo al crearte, la que eres en realidad.
Vivimos en historias, de tal manera que son las historias las que nos definen, las que nos explican, las que nos ayudan a comprendernos, las que sostienen la intriga de lo que aún no es, de lo que no sabemos si será.
Y esas historias que son se complican un poco con las historias que queremos que sean, las que “tenemos derecho” a que sean, las que tenían que haber sido la nuestra. Se podrían complicar aún más si, en vez de mirar hacia fuera, a esas historias que podían haber sido y no fueron –porque te las perdiste, porque no escuchabas, porque no estabas mirando o no eran para ti-, vienes y miras hacia adentro: a lo que eres de verdad, más allá de las circunstancias. Eso tan sorprendente que te puede poner en guerra por dentro: entre lo que tú querías ser hacia fuera, y lo que te ves llamada a ser, desde dentro; entre lo que esperan de ti o el que no esperen nada, y lo que tú decides ser más allá de sus miradas o incluso contra ellas.
Se complica más todavía –y se hace más apasionante- si puedes escuchar a Dios y reconocer que, más allá de lo que los otros o tú misma habéis pensado, hay algo que llevas dentro, lo más tuyo, que es ser quien eres. Quien estás llamada a ser desde el principio, porque has sido creado para ello.
En nuestra época se dice mucho eso de que “puedes ser quien quieras ser”. Es una frase que a nivel psicológico no viene mal, porque empodera a las personas. La pregunta es: sí se ha empoderado que es más verdad que verse incapaz o humillada, pero ahora, ¿qué hacemos? ¿Le hemos dado consistencia para que sepa que eso está bien como consigna psicológica, pero que a nivel existencial es mentira, y a nivel espiritual ni te cuento?
A nivel existencial es mentira porque ese anhelo meganarcisista de “puedes ser lo que quieras ser” es como que el día de tu cumpleaños todos te celebren y te canten “cumpleaños feliz” allá por donde vas: ojalá dure en la infancia porque te enseñará que importas… y ojalá pase enseguida, porque te creerías el centro del mundo, y no lo eres. Vivir en la vida, en la vida real supone aprender, además de muchas otras cosas, que no somos el centro de nada y que ojalá aprendamos a jugar en equipo y ocupemos nuestro propio lugar, el que nos toca. Y que al hacerlo –para eso nos sirve la consigna psi- no olvidemos que, aunque la vida de muchas maneras nos va a decir “vas a ser lo que yo diga”, uno de los secretos del vivir es este de: no olvidar lo grande de los sueños presentes en tu corazón de niño cuando la vida, gran maestra, nos va enseñando tanto como nos faltaba.
¿Qué tiene que ver el discernimiento con todo esto? El discernimiento es el que es capaz, en medio de esas capas de historias de que cada cual estamos hechos, de reconocer qué es genuino y qué es prestado; te enseña que eso que lloras porque ha caído, en realidad te libera; te muestra qué ha estado siempre ahí y es más tuyo que todo lo demás, aunque no venda ni parezca quererlo nadie, aunque todavía no lo sabes transmitir.
El discernimiento nos va a enseñar a reconocer qué hay de verdad en mi historia. Qué tiene consistencia en cada una de las historias que habitan mi historia y qué es inconsistente total, por más que yo me esfuerce tanto por mantenerlo. El discernimiento es esa mirada penetrante que me enseña qué preguntas valen, por dónde va la vida, dónde poner las fuerzas para, en verdad, vivir.
Si quieres, puedes entrenarte un poco: las preguntas que se hace el personaje de Lucia Berlin del que te he hablado al principio, ¿de qué nivel son? ¿Son las preguntas que habría que hacerse? Al responderlas, habrás aprendido algo de tu propia historia.
Si quieres, nos lo cuentas en los comentarios.
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Julius Drost, Unsplash

Este tema, el de la propia identidad, me parece vital, como ninguno.
Y la verdad es que yo no me atrevo mucho a indagar en la mia propia.
Al principio de la vida crees que el tiempo lo arreglará. Más tarde te parece que ya es demasiado tarde. Herida hay, porque este tema duele.
Hoy, se le entrego al Señor. Me cuesta. Pero a la vez me alivia.
Gracias, Teresa.
Al abrirte a Dios, ya estás reconociendo el dolor que sientes, está abierto. Y eso te abre a la esperanza. Que sea camino para ti, María Luisa.
Un abrazo