En estas entradas que dedicamos al discernimiento me quiero fijar en que para discernir necesitamos tener una serie de criterios objetivos que nos permiten valorar la situación que tenemos delante de los ojos. Es una variante de eso que dice la canción de Silvio Rodríguez tener “un ojo puesto en el camino y otro en lo porvenir” (La fábula de los tres hermanos, Rabo de Nube 1980). Lo que queremos ver es con qué criterios ubicarnos ante tantas situaciones cotidianas que nos producen admiración o desconcierto o extrañeza… A lo largo de estas semanas te propondré algunas de ellas que quieren darte criterios respecto de las que tú misma, tú mismo, vives.
En esta ocasión, la historia que quiero contarte muestra otro aspecto del discernimiento: la capacidad que el discernimiento nos aporta de mirar la vida de un modo más penetrante.
Resulta que iba caminando, temprano por la mañana cuando hace menos calor, y me crucé con dos mujeres mayores. De unos setenta u ochenta años cada una. Como todo está en silencio, desde lejos oía que una de ellas criticaba a otra de una tercera (entre el silencio de la mañana y nuestro lenguaje no verbal reconocemos muchas cosas). Cuando me cruzaba con ellas, oí que el motivo de la crítica era porque aquella tercera, ausente, le había dicho que si compraba azúcar, o lo que sea, o si no debería comprarlo…
La superficie es la crítica: “cómo somos (o cómo es “la gente”), criticándonos en cuanto nos ausentamos, para fortalecer así nuestra necesidad de quedar por encima, o justificarnos, o defendernos o…”. Comentarios superficiales que se quedan en el mismo nivel. Pueden ser el de la crítica, o la constatación de cuántas veces nuestras conversaciones se quedan en la superficie o…
Sobre estos comentarios de superficie, el discernimiento representa una mirada penetrante: esa que empieza por forzarme a abrir la mirada y reconocer que no tengo todos los datos, con lo que mi “penetración” se hace, en este caso, relativa. Teniendo esto presente, me muestra también la pobreza de una conversación que se gasta en la crítica a alguien que no está, la pobreza de un intercambio que sigue a este nivel de superficie, cuando lo que ves en las personas es que están, como decía mi padre, “con una pata en el más allá”. Que en su ya largo recorrido vital habrán visto y vivido muchas cosas, y sus conversaciones testimonian lo que han priorizado de dichas experiencias.
El discernimiento no juzga. El discernimiento, como un rayo láser, atraviesa la realidad con los datos que tiene y adquiere sabiduría. Con la ligereza de quien no ata un conocimiento para el que no tiene datos, con la lucidez de quien observa, para su propia experiencia, la pobreza de que la crítica sea tu tarjeta de presentación a los setenta años, porque algo indica sobre lo que ha sido tu alimento. Sin fijar a las personas, aprendes de lo que observas, dispuesta a modificarlo si los nuevos datos te presentan otras claves.
No es saber para poder, es observar para aprender, y corregir lo que observas desde ciertos criterios (los que te da el discernimiento, adecuándolos, en este caso, a la situación menor que se plantea), para situarte en la vida mejor cada vez.
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Danie Franco, Unsplash
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