He oído decir bastantes veces, en entrevistas a personas que tienen un cierto reconocimiento social, que no se arrepienten de nada en su vida.
Espontáneamente me sale no creerlas, y después, preguntarme por qué están diciendo eso, por el mensaje que quieren mandar con ello. Porque si están intentando aparentar o demostrar algo, eso sería menos grave que si de verdad no se arrepintieran de nada. Que no te arrepientas de nada implica que has mirado tu historia y no has visto nada punible en ella; o que has mirado tu historia y has visto que todo está perfectamente bien en ella. La ceguera que esto supone me resulta mucho más grave que el que quieras proclamar a la galería, por los motivos que sea, que de verdad no te arrepientes de nada… El caso es que me resulta imposible pensar, en una persona que tiene una conciencia, aunque sea mínima, que no se arrepienta de nada.
Pero no es de esto, de esta mirada que no se arrepiente de nada de lo que quería hablarte hoy. Doy por supuesto, a partir de lo que he dicho, que tenemos mucho de lo que arrepentirnos y de que el reconocimiento de lo que hemos hecho mal nos da, por un lado, la posibilidad de aprender de los errores e incluso de enmendarlos, que es algo muy grande. Arrepentirnos nos abre, además, a la posibilidad de pedir perdón: a nosotros, a otros o a Dios. El perdón abre la vida a una dimensión nueva, la que arranca del arrepentimiento, la que abre la posibilidad de vivir más y mejor.
De lo que quería hablarte, que no he llegado aún a ello, es de una constatación que he hecho repetidamente en este último tiempo y es que, arrepintiéndome de muchas cosas -unas mayores y otras menores- que han sido y son ocasión de aprendizaje, de humildad y de crecimiento, estoy cayendo en la cuenta de que experimento un arrepentimiento de otra clase por aquello que no me he atrevido a decir a hacer o ser. Digo que ese arrepentimiento es de otra clase, porque cuando me arrepiento de aquello que estaba mal, me arrepiento de una deficiencia en lo que he sido, hecho o dicho. Mientras que cuando me arrepiento de lo que no he hecho, me arrepiento de un no atreverme a ser, a decir o a hacer. Si el primer arrepentimiento requiere abrirme más allá de lo mío hacia Otro, hacia otros o hacia la vida, este arrepentimiento de lo que no he sido, hecho o dicho me confronta ante todo con mi persona, que es la que no se ha atrevido a mostrarse en su verdad.
Si el primer tipo de arrepentimiento me restaura en la apertura a la vida, este me lanza a vivirla en lo que aún me falta.
Y tú, ¿de qué te arrepientes?
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Kenny Eliason, Unsplash
Deja una respuesta