Mi pequeño modo de responder a tanto dolor de nuestro mundo -el de los adolescentes, en concreto-, hoy, es llevar ese dolor en el corazón. Permanecer con ese sufrimiento que se ha enganchado en mi interior. Conozco a muy pocos adolescentes, y no obstante, su dolor me llega hondo. Es verdad que conozco a muy pocos, y por eso, no tengo posibilidades reales de dirigirme a ellos. En esta clave de dejarse iluminar por la luz de Dios (Vida, Luz, Energía, si tú nombras así esta realidad), esta luz que viene de fuera, que viene de más allá de lo visible y que se reconoce como luz verdadera cuando ilumina lo visible, veo que sería idealismo el pensar que “tengo que” encontrarme con adolescentes, que para nada están en mi vida, porque llevo tiempo experimentando este peso. Desde esta luz, que ilumina la verdad sin confusión, están presentes a la vez, de modo real, este sufrimiento que viven los adolescentes y la realidad de que yo tengo trato con muy pocos adolescentes y que el trato que tengo no “llega” a su dolor.
Así son las cosas, así las experimento como verdad cuando me abro a dejarme iluminar por esta luz.
Si miro esto con mi lógica anclada a lo visible (racional o emocional, pero la de todos los días), veo, como todo el mundo, que esto no cuadra: “¡¿cómo vas a tener sufrimiento por unos ado a los que no conoces?!”.
Si miro esto desde la mirada espiritual que se abre a la luz de Dios, en cambio, veo otra cosa: es perfectamente posible llevar en el corazón el sufrimiento de personas a las que no conoces y con las que sin embargo te experimentas en comunión. Es perfectamente posible, y te llena internamente. No como cuando estás lleno de satisfacción o de pastel, sino como cuando tu espíritu se ve colmado con la belleza o la armonía o la bondad o…
Por dentro, experimentas que tiene sentido. Sin que lo puedas comprobar ni demostrar, sin que veas el alivio o la esperanza en alguno de estos ado, experimentas que tu sufrimiento, ese que te vincula a ellos, es amor. Que se da una misteriosa alquimia entre su sufrimiento y tu amor, que quiere abrazar su sufrimiento y que cree en que ellos, alguno de ellos o varios o muchos -de esto, que vuelve a ser de lo visible, no sabemos nada-, conocen o conocerán la esperanza, una palabra amiga o una salida a la situación que sufren.
Es misterioso que alguien pueda encontrar consuelo a su dolor porque otro alguien, quizá en la puerta de al lado o en la otra punta del mundo, ha aceptado sufrir por él (no intentes entenderlo, que esto no es de entender y lo fastidias).
Es misterioso que alguien pueda querer vivir con este sufrimiento que no es el suyo en un mundo donde el mensaje habitual es “sálvese quien pueda”.
Esto misterioso, esto invisible, es el más con el que nos vamos conectando a otros que no ven, que no sospechan que esa dimensión espiritual de la que carecen se la puede aportar alguien del otro lado del mundo, alguien de la puerta de al lado, alguien que se hace solidaria, solidario con su dolor y lo abraza, abrazándolos a ellos. A esos adolescentes, y a muchos otros. Dios, que hace esto todos los días, todo el tiempo, sabe…
Igual es que Dios, con su luz, nos va mostrando que ese modo suyo de acoger nuestro sufrimiento y “alquimizarlo” en amor, va dando frutos entre nosotros…
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Imagen: Kylie de Guia, Unsplash
Qué así sea, porque cuando siento tanto el dolor de otra persona, pensar que eso pueda consolarle en el silencio….es mucho. Qué Dios lo haga.
Gracias!
Sí… ¡mucho más, si amamos, que todo lo demás que podamos hacer!