La semana pasada te proponía una esperanza: la que viene de la fe en Jesús, que ha sufrido y ha muerto como nosotros sufrimos y morimos, que vencido a la muerte y por eso nos dice que la muerte no es la última palabra.
A los que tenemos fe se nos dice a veces que esto de creer es un sedante para llevar mejor la vida. Que si le animamos a alguien -niño o joven, adulto o anciano- a acercarse a Dios, es para hacerle más fácil una vida que para muchos es invivible.
Tengamos presente que la vida ha sido en todas las épocas invivible para muchos, dura para bastantes, incómoda para unos cuantos, y fácil, lo que se dice fácil, para esos pobres que no sabían en donde se encontraban. Ahora la dureza la ciframos en que te falten cosas: hablamos de austeridad con temor, pensando en las renuncias materiales que tendremos que hacer; nos lamentamos de que los hijos no tendrán el nivel de vida de sus padres, y otras cosas por el estilo.
Pero la vida no es invivible solo por esos motivos. De hecho, muchos de esos adolescentes que se autoagreden o piensan en suicidarse no han experimentado aún la carencia material que puede, sí, sobrevenirles un día; y no es por eso, sino por el panorama que a presente y a futuro les estamos presentando como “vida” por lo que no quieren vivir. Hay mil situaciones diferentes, no simplifiquemos. Pero creo que muchas de ellas se podrían ver de otro modo si el chico o la chica que sufre pudiera tener esperanza.
Por eso digo que aunque la carencia material de distinto tipo está presente en la descripción del sufrimiento en nuestra cultura –los duelos con pan son menos; quien más tiene, más puede; tanto tienes, tanto vales– el sufrimiento es mayor que la carencia material. Y ese planteamiento materialista de nuestra época te cierra las puertas, o dificulta mucho, la aspiración a ese universo espiritual que está más allá de ella y que ofrece un horizonte y una esperanza.
En todas las épocas se ha sufrido, y en todas las épocas se ha sufrido mucho. En la nuestra, se sufre mucho y en buena medida se sufre peor, lo que aumenta el sufrimiento.
Por ello, estaría bien ofrecer a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes (¡a todos!) dos caminos. Uno, hacia adentro, para descubrir lo que hay en el propio interior: sufrimientos reales, sufrimientos ficticios, y también alegrías, esperanzas… aunque sean pequeñas. Otro, hacia fuera, más allá de lo que se ve, para encontrar en ese más allá la luz que ilumina el aquí.
En todos los casos, en el “hacia adentro” como en el “más allá de lo que se ve”, el lugar al que accedemos es espiritual. Y es que lo espiritual es la clave que nos da verdadera luz sobre lo material.
Ahí, “hacia adentro”, “más allá de lo que se ve”, sin poderlo demostrar y sin poder dar razón de por qué lo percibes, te encuentras con ese Otro que, con su luz tenue, se descubre, cuando crees en Él, más poderoso que el sufrimiento y que la muerte. Ese anclaje firme que necesitamos los que no podemos sostenernos a nosotros mismos.
(igual me dices que tú sí puedes… ¡al tiempo!)
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Oliver Ragfelt, Unsplash
Mirarse hacia dentro, mirar más allá… ¡qué bueno!
Mil gracias.