El acompañamiento te permite ver muchas cosas de la vida desde un lugar y con una mirada que se fija, o tiene ocasión de fijarse, en la persona, y eso te permite captar esos contrastes de lo humano que tan valiosos y profundos son. Hoy me ha pasado al estar con una persona que se quejaba de que no le he dado fecha para el acompañamiento y ya, encendida, me decía que si no quiero acompañarla, que la tenía que haber llamado, que así no la ayudo a crecer… Con un cierto estupor mezclado con desgana, le explicaba que de la cita se tiene que ocupar ella, no yo. Que en el acompañamiento es la persona la que lucha por su vida y yo acompaño, pero es una misma la que tiene que hacerse cargo. A veces pasa que tienes que recordar cosas así, porque esta especie de maduración tardía que se da culturalmente, se refleja también en el acompañamiento. Y eso me ha hecho confirmarme, por mi reacción interna, que no es a esto a lo que tenía que atender. Porque creo que no es la batalla, y porque la llamada está en otro lado.
La llamada va por otro lado. Y es que desde hace un tiempo tengo la sensación de estar llamada a hacer acompañamientos urgentes -y por urgentes no quiero decir situaciones de SOS que se tienen que resolver en el momento-…Los procesos del acompañamiento son largos porque implican transformaciones muy hondas en la vida. Cuando hablo de acompañamientos urgentes, me refiero a que me veo llamada a estar junto a personas que lo están pasando mal o muy mal. O bien, a personas que están bien y viven ese estar bien con implicación y seriedad. En todo caso, personas que ponen su vida en juego en lo que les toca vivir. Personas que se abren todo lo posible, tanto a Dios como en su realidad personal. Esa urgencia de quien, porque le toca vivir sufrimientos o porque en lo que les toca, sin ser grave, se están implicando a fondo, es donde creo que tengo que estar. Y cuando estás para esa situación que se acompaña con alma, vida y corazón, una no se encuentra en el talante que soporta “pacientemente” las chorradas, sino que te preguntas si tienes que estar ahí en ese modo “blando” -porque no tengo duda de que si una persona puede reclamar tonterías es porque no tiene cosas más importantes que vivir, o porque aunque las tenga no se entera-, o si tienes que sacudirte estas cosas porque igual no es lo que te toca.
Acompañar, por tanto, conflictos de inmadurez, o acompañar a quienes se ponen en juego ante la conflictividad de la vida. Luego lo harán mejor o peor, pero están allí donde la vida se juega.
No es una elección, sino que de algún modo, me veo llamada acompañar así.
Y habiendo sido elegida, llamada o como lo quieras decir, consiento en esta opción a la hora de acompañar.
A medida que consiento, se me va haciendo más clara por dentro. Lo que deseo es estar junto a esos sufrimientos, amar y acompañar ahí, haciéndome presencia, cercanía. No rechazando otros acompañamientos, sino lanzándote a los que te van interpelando más. En el fondo, escuchando lo que se me propone para vivir.
¿No es así, a través de las tensiones, de los conflictos que nos ayudan a leer la realidad, como nos vamos haciendo acompañantes?
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Imagen: Ana Municio, Unsplash
Se hace difícil comentar ante tanta sabiduría!
Efectivamente, la tensión, el conflicto, es una fuerza que moviliza. Y puede mover hacia la destrucción o hacia la construcción. Depende de qué actitud vital pongamos en juego.
Cuando la tensión se afronta con la vida en las manos y con la mirada hacia el Espíritu, se es capaz de construir algo bueno, algo mejorado. A veces no es fácil, pero ese es el camino, y el fruto es abundante.
Gracias por el ejemplo, Teresa.
Qué importante leer los conflictos para aprender a vivir, Roberto! La tensión, cuando la afrontamos como dices, da lugar a algo mejor. Por ahí hay camino. Gracias, Roberto!!