Ayer presencié una conversación entre varios padres de niños pequeños. Son padres que llevan a sus hijos al fútbol, y hablaban de la importancia del esfuerzo para la vida. Desde ahí hacían comentarios de estos convencionales que se escuchan tantas veces: uno decía que sin esfuerzo no se consigue nada, otro decía que si quieres triunfar tienes que esforzarte (todos ellos son padres de esos que podríamos llamar “triunfadores”), otro asentía un poco distraído como también se suele ver en ese tipo de conversaciones… entonces otro, que no había hablado hasta ahora, dijo que él ya no se cree la cultura del esfuerzo. Que a él también le educaron en la cultura del esfuerzo y que no hace personas sino autómatas. De pronto, me animé. Me animé como cuando escuchas una palabra de vida en medio de tantos mensajes mortecinos. Seguí escuchando que este padre decía: “decimos una vez a los niños que sean felices y mil veces, con palabras o sin ellas, que se esfuercen. ¿Y entonces qué hacen? Esforzarse porque creen que es la verdad, porque se lo hemos dicho nosotros que somos lo más importante de su vida, porque quieren tenernos contentos… Después de eso, nuestros hijos serán autómatas que se sentirán satisfechos de sí mismo si se esfuerzan y se sentirán culpables o proscritos si no logran hacerlo, si no conectan con ello. Juzgarán a los demás desde esas consignas, se juzgarán a sí mismos, juzgarán la vida. Y pasarán muchos años antes de que alguno de esos autómatas vuelva a la vida y se dé cuenta de que esto era mentira.”
Yo te digo que me encantó escuchar esta conversación de vida en medio de tantas palabras repetidas. Me encantó escuchar convicción, experiencia, y la valentía de quien se atreve a decir verdad en un contexto en el que parece común o se justifica decir palabras huecas (el problema es que acabamos por no encontrar ningún sitio donde decir otra cosa que estas palabras huecas).
Y sobre todo, me encantó que este muchacho se ha dado cuenta de que los mensajes que hemos recibido de nuestros padres, de nuestros maestros, de las personas de referencia, no apuntaban a hacernos personas sino hacernos útiles, a hacernos capaces a hacernos serviles, a hacernos tristes. Este muchacho se ha dado cuenta y ha roto la pauta. Me iluminó, me hizo bien.
Después fue algo que vi en una serie: es un chico que viene de la guerra de Vietnam e intentando encontrar trabajo lo que resulta bastante difícil iba saliendo adelante con pequeños trabajitos. Se repite mucho que quiere ser de los buenos. En un momento dado, después de una situación especialmente dura, le cuenta a su mejor amigo que su padre siempre ha elegido lo malo. Una y otra vez, en cada ocasión que se daba, lo malo, lo malo, lo malo. Por eso, él decidió elegir lo bueno… en este momento, se queja de lo difícil que es ser bueno en esta vida.
Estas dos experiencias me hacen consciente de esa luz que late en lo invisible, esa que la mirada superficial no puede captar. Y me hacen agradecer la realidad del discernimiento, que nos permite escoger lo verdadero, lo bueno y la vida en medio de tanta muerte.
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Kenny Eliason, Unsplash
Gracias Teresa por compartirlo!.
Unos minutos antes estaba reflexionando sobre la importancia de esa luz en uno mismo que te hace ver la vida en lo demás.
Gracias
Gracias, Mercedes!!
Qué alegría leer esta Buena Noticia! Gracias!
Gracias a ti, Rosa!!