Hoy salía una noticia sobre la violencia en los jóvenes, y la normalización de la violencia en las parejas. Aquí la tienes.
Una de esas noticias que nos hacen echarnos las manos a la cabeza y sentirnos un poco más una vez más desesperanzados, impotentes ante eso que llamamos “cómo va la sociedad”. Y es verdad que un porcentaje de violencia, el que sea, no es una buena noticia. Pero también es verdad que las noticias estadísticas no valen por sí mismas sino que necesitan un contexto, precisamente ese contexto que falta cuando se nos argumenta desde las tan populares cifras. A mí me gustaría saber, por ejemplo, si esos muchachos que ven normal usar la violencia en la discusión, han padecido a su vez violencia. Y es que es muy distinto que la estadística hable de personas que respiran ya un contexto de violencia o que esta noticia implique un aumento de violencia. En ninguno de los dos casos es buena noticia, pero el ser capaces de ponderar lo que las estadísticas significan nos sitúa ante las noticias de un modo más sereno que no se deja llevar por esa alarma social que parece contagiarse como la pólvora, sino que seguimos siendo los seres humanos, creadores de la estadística y capaces de dar criterios, quienes en este mundo confuso seguimos intentando poner sentido común, cordura, ternura, compasión, esperanza y todo aquello que, en medio del ruido y de la confusión, hace nuestro mundo más humano.
Este formato estadístico viene, en mi caso, avalado por alguna otra experiencia: una encuesta telefónica de al menos media hora que acepté hacer. Desde el principio, le decía a la entrevistadora que a mí las estadísticas solo me convencen a medias, porque no puedes responder más que sí o no, o con meros porcentajes, cuando tantas realidades tienen que ser matizadas. Ella me preguntaba, por ejemplo, qué trabajos me parecían más aptos para hombres o para mujeres, y yo me sentía limitada, y hasta incoherente, respondiendo que “todos igual, a priori”, cuando querría matizar en qué sentido digo “a priori” y por qué tengo mucho más que decir acerca de ello. Después de responder a la larga entrevista, y a pesar de que mi intención había sido responder porque muchas veces se les dice que no, me confirmé en que no haré ninguna encuesta más. A la persona que me la hacía, con experiencia de muchos años, solo le interesaba que respondiera que sí o que no, 50 o 75 por ciento… le daba lo mismo el cómo se pueda interpretar el dato. Y a mí me parece esencial la interpretación, el poder comprender qué es lo que hay detrás de las cifras.
Nos llegan muchos, muchísimos mensajes. No podemos procesar todos. Tampoco podemos situarnos ante todos aquellos que escuchamos. Pero sí que podemos, ante esos que escuchamos, no dejarnos llevar por la impresión primera, o por la “respuesta social” aprendida, porque nos estaremos cargando con un plus de peso no integrado, no asumido. Cargas sin digerir, que van cargando la vida sin sentido.
Por eso, el preguntarme qué pienso acerca de aquellas noticias que me resultan significativas, me va situando, en la vida, de otro modo. En un lugar propio no exento de preocupación o temor, que es siempre más lúcido y más abierto que la queja o el temor, la desesperanza o el desencanto inconscientes y difusos. En un lugar que desde la preocupación o el temor hechos conscientes, puede abrirme, allí donde yo no llego, un camino hacia la confianza.
Hace falta la serenidad que te permite situarte ante las cosas de un modo lúcido, abierto, crítico, comprensivo, integrador. Tanta falta hace, que sin ella, mejor no hacer ninguna valoración, porque será precipitada y añadirá más ruido y confusión. Por el contrario, creo que es necesario combatir ese ruido y esa confusión que anegan nuestros mensajes, y también nuestro espíritu.
Puedes descargarte el audio aquí.
Imagen: Taylor Deas-Melesh, Unsplash
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